CARTA ABIERTA A ASUNCIÓN ESCRIBANO Nº 1

 CARTA ABIERTA Nº 1 A ASUNCIÓN ESCRIBANO.



Buenas tardes, Asunción.


Podría empezar diciendo que la tarde va cayendo envolviendo el silencio mientras escribo esta carta. Podría decir otras cosas relacionadas con lo que nos ofrece la naturaleza y mi estado de ánimo, pero nada sería digno de compararse con lo que tu has escrito en tu poemario “Acorde”.


Por cierto, creo que ya es la cuarta o la quinta vez que lo leo.


Tu libro ha sido uno de los regalos de los concursos de poesía, esos eventos que te incitan a comprar lo que ha escrito una persona que no conoces, una poeta -en este caso- cuyo nombre me era desconocido, fruto de mi ignorancia, y que ha resultado ser un regalo íntimo.


Tuve tu libro, por primera vez en mis manos, en los días previos a iniciar un camino de largo recorrido: “La vía di Francesco”, en Italia.


Ese camino es maravilloso y me ha dejado una huella indeleble en mi ánimo y mi experiencia de vida, pero lo fue más porque cada día, abría tu libro y parecía que estaba escrito para mí y para esos días, para hacer más bellas y sutiles las auroras, más suave la salida del sol, más cercana la hierba, más silenciosos los árboles, más compañera el agua del río. Por todo ello, tengo que darte las gracias.


Cuando en un descanso, abría tus páginas, sentía haber vivido unas horas antes, o estar viviendo en ese momento, lo que decías en tus versos. No voy a poner ejemplos porque estoy incorporando algunos versos en una reflexión que estoy escribiendo sobre esa experiencia, pero te aseguro que tus palabras enriquecieron mi caminar de cada día y espero que, ahora, hagan más profundas y sabias mis palabras en mi relato.


En ese viaje, junto con tu libro, me acompañaron “Francisco. Canto de una criatura”, de Alda Merini; “Epístola moral a Fabio”, de Andrés Fernández de Andrada, la “Vida de San Francisco”, de Álvaro Pombo y las “Meditaciones”, de Marco Aurelio. Todos ellos me aportaron algo de conocimiento, algo sobre lo que meditar o que aprender, pero tu poemario ensanchó mi mirada, la hizo más dulce y serena.


Cada estrofa podía ser leída como parte del poema en que se incluía o como algo independiente; cada una de ellas tenía su importancia sustancial, un mensaje que podía pasar desapercibido o dejarme clavado en las palabras y en las vivencias del día.


Y así, día tras día, tenía que abrir sus páginas más de una vez. Lo necesitaba al levantarme, con mis primeros pasos y en el descanso final.


No me resisto a citar algunos versos tuyos:


“El campo está lleno de misericordia 

esta mañana.

El verde cruje 

ante el temblor del aire 

y la asfixia solo consiste en no ser 

espiga clara, 

o araña mecida por la brisa.”


Leer esos versos y ponerse a caminar con confianza, con fe en el camino, con otra mirada hacia lo que me acompañaba y hacia lo que quedaba atrás, eran parte del mismo acto.


O ese otro:


“Roza la mañana con su luz 

el canto tibio 

de las cosas.”


Te puedo asegurar, Asunción, que teniendo por delante muchos kilómetros cada día, sintiendo mayor fuerza o mayor desaliento, leer esos versos me ayudaba a olvidarme de mi cansancio, a poner mi esperanza en el encuentro con lo inesperado.


Por todo ello, gracias.


Pamplona, febrero de 2024

Isidoro Parra.


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