ENIGMAS. CAMINO AL SILENCIO
CAMINO AL SILENCIO
Acercarnos con afecto a las cosas
nos permite intimar con lo sagrado
que permanece en ellas.
Basilio Sánchez: He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes.
Fotografía: Isidoro Parra
Jiatang (China), 2006, acercándome al monasterio Ganden Sumtseling.
El silencio envuelve esta puerta como una nube de colores que se confunden con su entorno y la acompaña como un canto limpio al amanecer.
Es un silencio lleno de respeto, el mismo con el que se visten los peregrinos y visitantes que la cruzan, dejándola atrás, solitaria y en paz.
Es un silencio impregnado de belleza que separa espacios diferentes, que acorta distancias y acompaña al devoto hasta el aire que pretende atrapar, hasta la paz que espera encontrar.
Esta puerta apunta alto pero tiene sus pies junto al camino, indicando el sendero hacia la meditación y la huida de este mundo de ruidos y deseos.
Mira hacia arriba, hacia donde vuelan las esperanzas de los que llegan, de donde descienden los que vuelven, con el alma más ligera, con las ilusiones depositadas junto a la ofrenda sencilla, junto al olor de las flores a los pies de su Dios.
A sus lados, las estupas votivas anuncian el sentido religioso del lugar.
No es una puerta común, la madera del dintel se une al adobe antiguo y al ladrillo viejo, cubiertos por esa pintura que recuerda los colores de la tierra y de la sangre; la de su alero se ha elaborado como una filigrana de tradiciones y espíritus, de creencias y esperanzas. El color lo cubre todo y llena los espacios de flores, de animales y figuras geométricas. Armonía en estado latente.
Tampoco es una puerta grandiosa, monumental, pero desprende belleza por cada centímetro de su estructura; protege el amor y el respeto de las manos que tallaron esa madera sabiendo cuál era su destino. La unión de los materiales que la armaron acompaña la vida que pasa por ella. Ahora tiembla en silencio como temblaban las manos que dibujaron y pintaron esas evocaciones de la historia y las tradiciones.
Hay exhibiciones de belleza que nunca nos parecen excesivas. Suelen ser sencillas, cargadas de intención: destacan más por el significado que las motiva que por sus recargados ornamentos. Por eso, bajo su dintel, siento la comodidad de su compañía, de su sombra leve.
Ni siquiera es la puerta principal de este templo, pero es más delicada. Pasa desapercibida, pero brilla en medio de ese silencio.
Era un año que me trajo un viaje por estas tierras lejanas, por grandes espacios abiertos, por escenarios nunca imaginados. En ese deambular por la Tierra, celebré el misterio del silencio, la amistad y el suave susurro del viento.
Tiene razón Basilio Sánchez cuando nos dice que “acercarnos con afecto a las cosas nos permite intimar con lo sagrado que permanece en ellas”. Así lo vivo frente a esta lejana puerta.

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