ENIGMAS. OSCURIDAD HABITUAL
OSCURIDAD HABITUAL
Todo nacer pide desnudez,
como la pide el amor,
como la regala la muerte.
Hugo Mujica: Nace el día (Y siempre después el viento)
Acuarela: José Zamarbide.
Esta puerta es el anuncio mudo de todas las soledades y todos los desamparos.
Calcuta no es, para el visitante, un paseo triunfal por tiendas y suntuosos templos.
Esta ciudad -al menos a mí, en este 2018- me enseña sus entrañas en cualquier recodo. Cualquier calle es un recorrido por la negación de la vida y, al mismo tiempo, por la realidad de su existencia.
Poco hay que hablar de los materiales de esta puerta. Apenas el hueco y el ligero marco que encuadra ese fundido en negro que se mantiene permanente en la pantalla de mis miradas.
La vida durmiendo en el umbral, con la mano tendida hacia la luz, se escapa por ese túnel de escasez de esperanzas.
Afortunadamente, el frio no hace acto de presencia. De hecho, es lo mismo dormir adentro que afuera. Todo se funde en la humedad de esta tierra: los colores y los materiales, la madera y el barro, el asfalto y el humo, los animales y el paisaje, el suelo y los hombres.
Aunque se adivina una hoja entornada, es más que posible que la puerta se cierre con esa tela que cuelga del marco superior. Ante la debilidad de paredes y materiales, la protección de la tela es suficiente. En el interior, el único tesoro a proteger son las vidas y ellas se han acostumbrado a cuidarse solas.
Esta puerta pinta negra, negra de vacíos y hambre, negra de futuro, profundamente negra.
Como muchas cosas en la India, también respira paz. Esta paz es diferente de la que llena las bocas de los dirigentes políticos de todos los países, esta es la paz de las miradas profundas que te interpelan hasta el pliegue más profundo de tu cuerpo, esta es la paz del que sabe de su situación y sólo genera ilusiones sencillas, posibles de alcanzar, es la paz de la aceptación.
Esta puerta me traslada a la misericordia que no practico, a la caridad que no ejercito, a la entrega que niego, a la falsedad de mis lamentos.
Esta puerta me bloquea y me deja mudo de vergüenza. Me cuestiona mis miedos y me interroga de frente hasta hacerme pequeño, muy pequeño.
Miro esta puerta en su conjunto, con su durmiente entregado a la tierra y, a pesar del recelo que me provoca, siento que me está lanzando una cuerda a la que agarrarme: es un arnés que me sujeta a la senda que nunca debo olvidar.
La realidad siempre interpela a lo que uno es, a lo que piensa de sí mismo.
Pienso en las palabras de Mujica y me confundo. No sé si me encuentro ante la desnudez del nacer, ante la del amor o ante la que me regalará la muerte.


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