ENIGMAS. ORGULLO Y CANSANCIO

ORGULLO Y CANSANCIO

 



Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria que el olvido.

Julio Llamazares: La lentitud de los bueyes


Acuarela: José Zamarbide


Mi ignorancia del idioma chino me tiene un buen rato plantado delante de esta puerta que podría llamarse silencio. Me pregunto qué dicen esas tres grandes letras que coronan el dintel como si fueran un mensaje comercial, una llamada para ser reconocida, para que sea identificada no solamente la puerta, sino también lo que se celebra en su interior.


Estamos en Pingyao en 2010, haciendo trabajar a los sentidos.


Mi hijo, que lleva ya seis años viviendo en este país me aclara que el cartel  -que, traducido a nuestra grafía, se leería Tianzhutang- indica la existencia de una iglesia católica detrás de esa puerta y esos muros. Su respuesta es tan inesperada que me hace volver a mirarla y dejar vagar mis ojos por el mapa de esta fachada.


La observo e intento llevarme algo más que el recuerdo de su dimensión, de ese aire de grandeza que imponen las cosas que afloran su cansancio entre el polvo y los colores ya marchitos.


Además, por si fuera poco, tiene ese aire de abandono y desamparo que la hace más llamativa, más cercana. Se me hace difícil no tocar su superficie que, por otra parte, se asemeja a un cuadro modernista en el que se acumulan las pinturas de muchas manos, cada una con su deterioro, en capas y capas que la hacen más bella.


No parece que el estado de la puerta garantice que detrás de ella pueda haber algo o alguien. La existencia de la cadena y el candado recuerdan más a un acceso no usado diariamente ni con asiduidad y, en ningún caso, con vida en su interior.


Mi pensamiento apuesta por un abandono voluntario o forzoso, un agotamiento por falta de clientela. También pienso en el acoso de cualquier fundamentalismo, en la falta de alguien que dirija el centro y atienda a las personas.


Si no fuera así, ¿cómo entender ese cansancio acumulado de la hoja de madera, casi arrancada de sus goznes, descansando en su hoja compañera?, ¿cómo justificar la falta de un indicador más actual, de un cartel, de un farol de oraciones?


Solamente ahora y en ese gastado panel semicircular, que corona las hojas desmayadas y recuerda a un abanico abierto, aprecio un cruce de maderas que puedo interpretar como una cruz, aunque creo que, después de conocido el significado de las letras, las imágenes de mi memoria me están ayudando a ver más lo que creo que lo que miro.


Si lo es, si lo fue o lo será algún día pierde importancia ante esa rendición general que llena la imagen con todos los deterioros del tiempo. Y salta la pregunta: ¿será incapaz esta puerta de albergar una idea o una misión viva?


Julio me ayuda con sus palabras: ”Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria que el olvido”. 


Bienaventurados ellos si consiguieron que su existencia fuera un Dios. En ese caso, poco importa que su memoria sea el olvido.

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