EJERCICIOS DE TALLER. J
J
Nunca sabemos lo que nos puede traer un día cualquiera, si va a pasar tan anodino como un bostezo en medio de una tarde de verano o si nos va a sorprender con alguna propuesta inesperada. En todo caso, conviene estar alerta, como siempre y con todo.
Así pasa también con las personas que pueden cruzarse en tu vida, si su aparición va a ser tan anodina como el bostezo o si van a abrir para ti un camino nuevo, una página que no acaba, un regalo que siempre valoras.
Algo así nos pasó realmente una tarde de un fin de semana, no recuerdo si era sábado o domingo, de un verano que vivimos alrededor de nuestros treinta y cinco años. Ese día, J entró en nuestras vidas.
Es cierto que no lo hizo por propia iniciativa. El primer paso lo dio Txelo, que atesoraba un recuerdo de su infancia que intentó sacar a la luz y conocer algo más de él. La curiosidad, en ocasiones, puede matar al gato, y en otras, puede descubrirte un mundo nuevo. En opinión de Manuela Carmena, a la que hemos escuchado recientemente en una conferencia, la curiosidad es una de las actitudes a mantener viva y mucho más cuando vamos cumpliendo años.
Volviendo a los recuerdos, el caso es que estábamos pasando una tarde, con merienda incluida, en casa de unos amigos de otros amigos en Leoz, en plena Valdorba navarra, entre carrascos, romeros, tomillos y antiguas piedras de arenisca. En un receso del llantar y del beber, Txelo se fue a dar un paseo con algún otro amigo hasta un pueblo cercano, Uzquita.
La elección no fue casual. Tenía interés por pisar las calles de ese pueblo donde habían vivido un tiempo sus padres de recién casados, al que fueron, como ella recuerda, a buscar fortuna. Su pueblo de origen, Ujué, en aquellos años al menos, no era una mina de oro precisamente y tenían que sacar adelante a su recién formada familia. Ahora, si era posible, Txelo tenía intención de preguntar y conocer la casa en la que sus padres habían vivido.
El pueblo estaba desierto y no se encontraron con un alma a la que poder sonsacar, pero, al pasar por delante de una casa cuadrada de piedra, con su planta baja y su piso superior, asentada sobre un cúmulo de piedras al borde de un camino pedregoso, casi al final de la salida que lleva a la Vizcaya, pudo observar que, casi colgado de un andamio, había un hombre joven trabajando la fachada que demandaba argamasa en las grietas que se abrían entre las piedras.
Sin cortarse un pelo, le preguntó si tenía noción de la casa en la que habían vivido una pareja de Ujue, a lo que, sin darle tiempo a más, el individuo respondió con el nombre de mi suegro: Santos Berrade. Txelo se quedó paralizada del asombro. Cuando le dijo que era su hija, dio comienzo la aventura, y digo aventura porque relacionarse con J siempre lo fue y lo es. La casa sobre la que estaba trabajando era la misma en la que habían vivido los padres de Txelo.
Así iba a ser nuestra relación, una suerte de coincidencias, de encuentros no esperados, de otros buscados y, siempre, de alegrías y reflexiones compartidas, hasta constituir un sentimiento que hoy en día sigue firme y estrecho.
Tras intercambiar conocimientos y agradecimientos, J propuso a Txelo que le visitáramos cuando quisiéramos y, concretamente, nos invitó a que compartiéramos con él y sus amigos la cena, en su casa, de las fiestas de Uzquita, el 17 de noviembre, festividad sacra de San Gregorio.
Llegado el día, acudimos a la cena anunciada, a la que asistieron dos hermanas de J, una venida de Donosti y otra de París, algunos amigos italianos que se dedicaban, como J, a la restauración de catedrales y otras iglesias, algunos amigos de Pamplona y, también, el siempre recordado Fulgencio, un agricultor de Leoz, ya mayor, soltero y seguidor fiel de J.
En la cena, saboreando un cordero asado en nuestra presencia, ensartado en el hierro que estaba suspendido sobre las brasas de una gran chimenea abierta, con sus escaños a los lados, se habló de todo, se bebió y se cantó más. A los postres, J tomó entre sus manos una diminuta acordeón redonda y no recuerdo bien si una de sus hermanas, se acopló a un violín o a una flauta, para acompañar antiguas cantigas o romances castellanos, todas precedidas o acabadas con una explicación sobre el origen, ubicación temporal y musical de lo que se iba a cantar o de lo cantado.
A partir de entonces, J venía a Pamplona o nosotros íbamos a Uzquita, pero ya nunca hemos dejado de vernos.
J nació en Bilbao, hijo de un diplomático y famoso periodista y era uno de los más de diez hijos que sus padres habían traído a esta vida. Su figura rebosaba fuerza por todos los poros. El trabajo duro le había proporcionado una configuración fuerte, sin un gramo de grasa, con un pelo negro y abundante que él mismo se cortaba. Tenía un semblante serio pero su sonrisa explotaba siempre en una carcajada abierta.
Al acabar sus estudios de Bellas Artes, J decidió venir a conocer el románico de la Valdorba y se enamoró del paisaje, de las piedras y de las gentes. Como no tenía recursos personales, le propuso a un hermano, con mejor cartera, que comprara una casa vieja en Leoz y que él se la restauraría sin cobrarle nada, a cambio de poder vivir en ella. Así lo hicieron y acompañando sus trabajos en la casa con colaboraciones en vendimias, matanzas de cerdos, reparación de cercas o tapias, fue ganándose la vida con el solo objetivo de sobrevivir y colaborar en el descubrimiento del románico de la zona y su difusión.
Ahora que no está presente Hacienda y que ya ha prescrito todo, tengo que decir que todos esos trabajos se hacían en lo que hoy llamamos “negro” o a cambio de productos para su consumo propio. J nunca ha tenido seguridad social ni ha cotizado para una pensionadnos futura. Que yo sepa tampoco ha acudido a un médico.
Pasado un tiempo, le propuso a otro de sus hermanos hacer lo mismo con otra casa de Uzquita y ahí es donde nosotros le conocimos. En el primer piso, había construido un horno de leña en cuya pared exterior se alineaban, como libros en una biblioteca, la escoba de mijo, la pala de madera para el horno y la pala para retirar la ceniza, colocadas en un orden que no podías alterar. Los suelos eran de grandes lajas de piedra irregulares que él enceraba y mantenía brillantes, como en un museo. Allí es donde pasaba los días de invierno y allí tuvimos la oportunidad de desayunar con él y nuestros hijos, con una vajilla castellana de colores blanco y azul, servilletas de hilo bordadas con sus manos, mantequilla, mermeladas y miel de su propia cosecha -todas ellas envasadas en tarros de cristal cubiertos con un trapo de hilo que contenía algún motivo vegetal también bordado por él mismo-, después de un día previo asando y pelando pimientos.
Para escapar de la monotonía del día a día, llegada Semana Santa, se iba a convivir unos días con el abad del Monasterio de Silos, del que era buen amigo. En los primeros meses de cada año se iba, en bicicleta, hasta las Hurdes, donde ayudaba a una pareja de ancianos a hacer la matanza. Así era J.
En otros momentos desaparecía sin anunciarlo porque había sido solicitado para llevar a cabo un trabajo de restauración de un pórtico o un ábside en Italia y faltaba de su casa durante unos meses. En una de estas ocasiones, próxima la Navidad y sin que supiéramos de su ausencia, nos acercamos a hacerle una visita y llevarle algún detalle dulce. Cuando llegamos, la puerta de su casa estaba abierta, pero nadie respondió a nuestras llamadas. En el zaguan, sobre una encimera de piedra, había construido un portal de Belén con pequeñas, casi diminutas, piedras de arenisca, en cuyo interior había colocado las figuras clásicas que seguramente habría heredado de su familia. Le dejamos nuestros presentes y nos alejamos. Más tarde, supimos que estaba en Italia y que Fulgencio pasaba todos los días por su casa para ver que todo estaba en su sitio.
Cuando venía a Pamplona, nos visitaba en el despacho o en casa, y lo hacía con la naturalidad propia de su estilo de vida. Vestía unos pantalones de pana hasta la rodilla que continuaban con unos calcetines blancos que tejía él mismo -creo recordar que también se confeccionaba la ropa interior-. Aunque fuera invierno, la ropa más abrigada que llevaba era un jersey tejido también por él. Colgada del brazo, traía una cesta rectangular, de mimbre, sobre la que extendía un trapo de cuadros blancos y azules para tapar el contenido de la misma.
Su formación era sólida y de contenido humanístico, general y específico. Podía hablar de los grandes sucesos de la historia, no solamente los relacionados con las guerras, los Estados y las gentes, pero también dominaba todo lo relacionado con el arte pictórico, escultórico, religioso y profano, los estilos de arquitectura gótica, románica y de cualquier otro tipo y origen y, por supuesto, su cultura musical clásica era tan basta como la propia música.
Por supuesto, no tenía televisión en su casa, pero no faltaba un pequeño aparato de radio en el que no se cansaba de escuchar Radio Clásica y todos los conciertos que podía. Le gustaba asistir a los principales festivales de música antigua que se celebraban en España, Cuenca, Zamora, Úbeda, Estella, etc.
Más tarde, Kika apareció en esa casa y en la vida de J, una chica morena, italiana, enamorada hasta la entrega total y se quedó con él para toda la vida. Culta como él, trabajadora como él, han construido una vida juntos hasta el día de hoy.
Pasado un tiempo, alguna nube sobre su cabeza se cargó de electricidad negativa y, junto con Kika, dejaron nuestra tierra y se trasladaron a Sanabria, en Zamora.
Allí les visitamos en una ocasión y también han ido nuestros hijos y nietos. Viven en una casa, a las afueras de Galinde, junto al río, sin luz eléctrica ni calefacción. El sitio parece una parte del paraíso. Junto a su casa, a un lado, se extiende una huerta de cuatro robadas que, durante bastantes años ha estado cultivando Kika para consumo propio y para vender parte de lo cosechado. En los montes de alrededor, recolectan y secan, al estilo italiano, boletus y otras especies de setas. J ayuda a construir casas, hace reparaciones y otras labores. Al otro lado de la casa, un antiguo granero, sin fachada, es una estampa para un pintor impresionista. En su interior, han ido colocando la hierba cortada de los prados que rodean su casa, en brazadas largas y sueltas que han ido superponiendo una sobre otra hasta componer un cuadro que podrías contemplar durante horas, una caricia de la hierba sobre la hierba. Frente a la casa, al otro lado del camino, y apoyada en una tapia de piedras han ido construyendo su biblioteca particular de leña de todos los tipos y medidas, pero debidamente ordenada. No me extrañaría que cada parte de esa leñera tuviera su nombre: el Renacimiento, el romanticismo, el barroco, etc.
Por las noches, alrededor de la chimenea o agazapados entre las sábanas siguen escuchando música antigua.
Han evolucionado, si, pero sin perder las formas ni sobrepasar los límites que ellos mismos se han marcado.
En los últimos años, nos vemos en Madrid, donde han podido comprar unos huecos en un semisótano de Lavapiés y donde el propio J y también Kika han ido montando un nido para poder descansar cuando, una vez al mes, van a escuchar ópera al Teatro Real de Madrid. Sus entradas no son de platea, pero entienden, analizan y saborean la música como el que más. Por supuesto sigue vistiendo sus pantalones cortos de pana y sus calcetines hechos por él mismo.
También visitan a nuestros hijos, en sus casas, haciendo que todo fluya y dando continuidad a la historia de nuestras vidas.
Antes de disponer de esta casa, nos hemos encontrado algunas veces, sin haber quedado, en el hall del museo Thyssen, siempre una sorpresa, siempre la alegría, siempre el afecto sincero, en un acto repetido de coincidencias casuales, de guiños del destino.
Isidoro Parra.
Febrero 2025



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