DESAMPAROS Y RESCATES. EL DESAMPARO DE LAS APARIENCIAS
EL DESAMPARO DE LAS APARIENCIAS
EL LUGAR:
Una cafetería elegante del centro de la ciudad, con un restaurante de varios comedores reconocido por clientes y aspirantes de toda la ciudad por la calidad de la materia prima empleada en sus platos. La cafetería es un relato para los sentidos, oferta para comer -la que se ve y la que no está a la vista- y para beber. A lo largo de todo el día, mañana, tarde, noche y madrugada, la cafetería también es restaurante sin horario limitado.
Si a la calidad de las viandas, le añadimos una amplia y exquisita selección de vinos y otros licores más o menos espirituosos, un equipo de atención al público altamente preparado y aleccionado por el director para dispensar un trato exquisito a la par que distante a los clientes, una actividad frenética de bandejas, copas, cambio de servilletas, atención personalizada a cada cliente y un enclave en un epicentro del ocio -por cierto, todo ello empapado de un desequilibrio entre precios y consumiciones, solamente percibido a la hora de pagar-, tenemos el cóctel perfecto para convertir ese enclave en el lugar deseado de la ciudad para exhibirte, para que todos vean que has cogido el tono moreno adecuado, que has estrenado vestimenta, que dinero es lo que te sobra y que tu presencia atestigua tu pertenencia al rebaño de los elegidos.
Si quieres que el resto de la ciudad sepa que estás en el candelero, tienes que ir. Si no quieres que los demás piensen que te has hecho un poco más pobre, tienes que ir. Si no vas, alguien pensará que no has resistido y elucubrarán sobre tu situación con algo de conmiseración burguesa.
Todo ello es el gran logro del Director, reconocido por las autoridades, respetado y vigilado por sus socios, deseado por las mujeres, envidiado por sus competidores, halagado por todos.
EL DIRECTOR:
Es joven, insultantemente joven, si relacionamos su edad con su experiencia y, sobre todo, con su capacidad de organizar, controlar y supervisar lo que pasa en el entorno de su espacio de gobierno. Nada se le escapa, ni gestos negativos -pocos-, ni una sonrisa que pide respuesta. Parece que gozara del don de la ubicuidad y de la anticipación.
Decide y organiza los platos de la carta, busca las mejores materias primas, selecciona los vinos y licores, te aconseja sobre cada uno de ellos.
Su mejor activo es que se cree todo lo que te dice y, si no así, además, no importa, es suficiente con sus palabras y su mirada para que los clientes le crean sin pestañear.
Tiene pocos problemas para llenar el comedor, las mesas de la cafetería, la barra o la terraza, todo siempre lleno. Recibir una respuesta -estamos llenos- es casi un halago, la confirmación de que tu elección era acertada pero, una vez más, no ha podido ser. Es casi inútil insistir o esgrimir la relación personal y la fidelidad como cliente, simplemente no es posible, no hay sitio. Además, tienes la seguridad de que lo ha intentado, ha analizado la posibilidad de que comas de pie pareciéndote que estás cómodamente sentado, ha intentado separar mesas, agruparlas, acelerar la cuenta, pero no ha sido posible.
Nadie pasa a su lado sin intentar saludarle, tocarle el hombro, conseguir que te mire -que te bendiga con su mirada-, que al menos te sonría.
Es importante, por si acaso, que sepa que estás.
La palabra “amigo, amiga” sale de su boca con facilidad, como una herramienta más de fidelización, sin que se le pueda buscar más sentido, se usa para los que son y para los que nunca lo serán. Tampoco necesita pensar si la palabra tiene otro significado diferente al uso que le da. A él le sirve, y mucho, tal como la utiliza. ¿Por qué debe plantearse algo más que le pueda complicar la vida?
Su capacidad de trabajo parece infinita, no se sienta, ¿se cansa?, no deja de observar, de grabar cada gesto, cada necesidad no anunciada. Sus órdenes son obedecidas porque son correctas y porque las dice él.
Es el rey, el boss de la restauración. Está en boca de todos, en la cresta de la ola, en la cima, es el faro que ilumina.
LA CLIENTA:
La clienta, no precisamente joven, ocupa una parte importante de su día a día revisando sus armarios para elegir la ropa que ha de ponerse cada día, para hacer balance de sus existencias y no descuidar la reposición de las últimas tendencias de la temporada.
Tiene su vida ordenada. Se lamenta por haber quedado viuda demasiado joven, pero -con esfuerzo- ha conseguido ordenar su vida y remontar el duelo. Lleva ya bastantes años disfrutando de una nueva etapa de su existencia, ordenada, económicamente fluida y en ese mar de nueva tranquilidad y de nieblas tras las que siempre cree ver una luz, han surgido ilusiones, recuerdos de cuando podía encender a los que le rodeaban, de cuando algunas miradas recorrían su cuerpo y daban rienda suelta a los sueños y los deseos.
Por ello, y a falta de otras motivaciones, procura estar a punto en cuanto al color de su piel, a la depilación de sus piernas, a la pintura de sus labios y sus uñas, a lucir lo que conserva. Acude tres días por semana a un gimnasio en el que se deja guiar por un preparador personal que le ayuda a tensar las ligeras arrugas que aparecen en su epidermis.
Cada día supervisa la tarea realizada por la persona que le ayuda en la tareas domésticas, imparte órdenes y hace su gira por tiendas de moda y perfumerías, para quedar al final de la mañana a tomar el vermouth diario en EL LUGAR. Siempre procura estar en primera línea de terraza o en el interior, donde pueda ver y puedan verla.
Algún día se presenta la ocasión de quedarse a comer con alguna amiga para ponerse al día.
Uno de los instantes sublimes de esos momentos es el que se produce en lo buscado cada día y que no siempre sucede: el boss se detiene a su lado y juntan las mejillas. Él con la mirada fija o sonriente; ella, feliz y agradecida. En ese momento, se siente la reina del LUGAR.
HOY:
Hoy era un día más.
Ella, la clienta, ha quedado a comer con una amiga y ocupan una mesa pequeña, justo al borde del pasillo por el que pasan todos y sobre todo él, el boss.
Mientras disfrutan de una ensalada de bogavante, ella le comenta a su amiga la especial conexión que tiene con el boss. Se atreve a asegurar que si lo hubiera conocido unos años antes, otra sería la conexión. Es consciente que nada puede haber, pero no puede evitar un escalofrío de placer cuando apoya su mejilla en la de él y percibe el aroma de su perfume y el roce de su barba de dos días..
En todo caso, ella cree que no le es indiferente. Si no le interesara, no la miraría con esa intensidad ni detendría su mano unos segundos más en su brazo.
Durante la comida no le han visto pasar junto a ellas. Le dice a su amiga que después del café, si no ha pasado por allí -cosa que le extrañaría-, preguntará por él y acudirá sin dudarlo. Está segura de que no le han dicho que ella estaba allí. Si lo hubiera sabido, ya habría pasado a saludarla.
Siguen conversando y llegan al final del café, pagan la cuenta y tienen que levantarse sin que el boss haya hecho acto de presencia.
Ella, algo inquieta y desamparada, pregunta a la jefa de sala si el boss está por allí. Le da su nombre y le dice que le extraña que no haya pasado a saludarla, que le gustaría verle un momento. La empleada -con profesionalidad muy aprendida- le sonríe y le dice que él estará por la terraza o en alguno de los otros comedores, que no le ha visto hace un buen rato, pero que está por allí.
Ella, algo inquieta, recorre terraza y el resto de comedores sin encontrarle. Está a punto de quedar mal ante su amiga y no puede permitírselo. Entra y sale, no le ve, no sabe que es el tiempo en el que él descansa en su cubículo, algo oculto para el público.
Al final se va, buscando una explicación para sí misma y para su amiga, desconsolada y desamparada.
Al rato, él vuelve de su descanso al ruedo. Le informan y, de forma automática, desoye las informaciones que no considera importantes y da instrucciones para hacer una u otra cosa, lo que convenga al negocio..
Por supuesto, no piensa en las ilusiones rotas de los más débiles, no tiene tiempo para lo que no se traduce en negocio. Quedan horas de actividad en las que hay que dar el do de pecho, intentar superar un nuevo récord de caja.
El desamparo de ella nace de su inseguridad y su dependencia afectiva y equivocada y no será fácil que encuentre su rescate si no cambia de vida, si no está dispuesta a renunciar a la vanidad infundada.
Debería recordar que en la vida, ya lo dijo el poeta, se hacen ciertos los célebres versos: ¡Qué tremendo fracaso la belleza y la salud¡.
El desamparo de él es el éxito, demasiados retos y una bien ganada satisfacción por lo realizado que deja poco tiempo para emplearlo con los amigos de verdad, pero sin dejar de crearse nuevos retos que coloca en el camino de lo posible, de lo siguiente, todos los que se marca él mismo y los que él cree que esperan de él los demás.
Su rescate, lo que puede ser un rescate real, está demasiado lejos, ha puesto demasiadas barreras con lo sencillo. Solamente encontrar el camino del rescate, le obligaría a dedicar a ese empeño más tiempo del que dispone.
Pamplona, junio de 2025
Isidoro Parra


Me ha encantado. Muy, muy bueno. Gracias Isidoro
ResponderEliminarMuchas gracias, Leo. Me alegro que te haya gustado.
EliminarMe ha encantado, gracias `por permitirme leer textos tan aclaratorios. Un fuerte abrazo
ResponderEliminarGracias a tí por leerlos.
EliminarQue retrato más real, querido Isidoro, del mundo que vivimos …
ResponderEliminarEs una pena que eso sea real, pero lo viví directamente y me pareció oportuno escribir sobre ello. Gracias.
EliminarGenial, buena radiografía de una parte de nuestra sociedad. Su lectura me ha hecho sonreír todo el tiempo y me ha invitado a reflexionar . Literariamente muy bonito. Un abrazo
ResponderEliminarGracias a ti por tus palabras. Un abrazo.
EliminarJopetas!!. Que bien!, te saca la sonrisa y hace “cucú”, la penika también. Las apariencias engañan, pero sobre todo a quien quiere aparentar. Un besiko Isidoro!. Artista!!!
ResponderEliminarGracias Sira. Nos vemos
EliminarHola Isidoro. Siempre es bueno que alguien dedique un tiempo a reflexionar y comparta sus pensamientos. Tal como lo describes, cualquier momento ordinario de la vida puede arrancar una lección para saber cómo vivir con lo importante y cómo desechar lo superfluo. Así lo he leído en tu escrito. Un abrazo
ResponderEliminarTommy, ya sabes que ante nuestros ojos suceden cosas que, no por muy sabidas, dejan de llamar la atención.
EliminarCuantos mundos que no vemos! Muy bien definidos esos personajes que me caen tan lejos... Qué pereza esa vorágine del que no sabe delegar! Consume amistades, no las vive.
ResponderEliminarQuizás tenga alguna ventaja el complejo que impide disfrutar del arribista.
Un abrazo
No te quepa ninguna duda de que dejar determinados mundos a un lado es ganar tiempo para la vida verdadera
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