ENIGMAS. LA VOZ DEL SILENCIO

 LA VOZ DEL SILENCIO 


No basta con cerrar

los labios,

al silencio hay que escucharlo,

dejar que nos diga él

lo que nosotros callamos.

Hugo Mujica: Cuando todo calla 


Acuarela: José  Zamarbide



Esta puerta trae a mi mente el recuerdo del frio.


Una pared tan recia, una puerta tan sólida, defendida por ese marco de piedra tallada, son como una muralla contra los elementos.


Esta sierra de Cameros tenía que ser un territorio difícil para pasar los inviernos. Días cortos cubiertos de nubes y viento helado, soportados al calor de las chimeneas, con el humo que oscurecía paredes y rostros.


Esta imagen que ahora contemplo, en Ortigosa de Cameros y en este año de 2017, en el que conozco estas tierras con la cálida compañía de mis amigos, podría ser la misma que contemplaban los hombres y mujeres que habitaron esta casa en sus primeros días de vida.


Paredes oscuras, hechas con argamasa y restos de piedra –excedentes del trabajo de los canteros-, maderas envejecidas por los hielos, ventanas pequeñas y abiertas para defenderse del frío y para que el aire entrase a ventilar las estancias cerradas.


Una puerta sólida, con alguna concesión al juego de las distancias en los diferentes niveles de las maderas de la hoja, de tamaño pequeño, sin concesiones a las miradas de los animales que guardaban.


Esta puerta parece una puerta menor, pero no es así. Es la puerta de la casa que hacía las veces de cuadra para los animales, de granero para la paja y el forraje, de espacio para guardar las manzanas, las patatas, los alimentos que tenían que durar todo el invierno, hasta que los soles de la primavera permitiesen otras labores, la siembra de otras esperanzas renovadas.


La miro y no dejan de venirme imágenes de calles y torneos medievales, pero estamos viendo esta imagen desde este siglo XXI y sólo podemos admirar la belleza que nos brinda esta puerta, armonía del color y grito que viene del pasado para remover ideas.


Me impone su silencio o el mío propio. Cualquiera que sea, no lo puedo romper porque mi mirada es plana y mis oídos cortos.


Me siento pequeño ante esta belleza cansada que aguanta esperando la mano que todavía la acaricie, la mirada que pueda ver alguna grieta por la que penetrar en su interior.


En esta ocasión, como dice el poeta, no me basta con cerrar los labios y contemplar esta puerta en silencio, la estoy escuchando y le doy las gracias por decirme lo que yo callo.


 






EL CANSANCIO PROTEGIDO 


Todo cuanto procede del amor puro está iluminado por el resplandor de la belleza.

Simone Weil: Más allá del derecho y de la persona.



Acuarela: José Zamarbide





























Esta puerta, con esos paños de madera de un verde vivo, ve pasar el tiempo protegida por un balcón de madera que la corona.


Mis pasos me llevan por este Camino con mayúsculas, el de Santiago, con la fuerza que me da desear llegar a mi destino dentro de unos días. Es el año 2017 y el camino ha puesto unas pequeñas alas en mis pies. Atravieso estas tierras de León y he tomado un pequeño desvío para no perderme Castrillo de los Polvazares, un enclave que parece un decorado para una película de buenos sentimientos, de encuentros en los campos de la belleza.


Son muchas las puertas que llaman mi atención en estas calles empedradas, puertas pintadas de verde intenso, azul oscuro, marrones, todas bellas, pero ésta me ha parecido más cansada, ahí, escondida en ese rincón, queriendo no ser protagonista de nada, ni tan siquiera ser vista.


Me trae la imagen del que silenciosamente ve la vida pasar, sin juzgar, con un espacio siempre dispuesto para cobijar al que tirita, para ver la lluvia caer sin mojarse, una llamada a la compañía.


Esta puerta sencilla tiene de todo: una cerradura antigua para dar cabida a una llave grande, pesada; una puerta para el gato, signos de vivencias que ha ido registrando en su memoria mientras el cansancio se apoderaba de su rostro.


Las piedras de los muros que la amparan no son hostiles con esta puerta, parece que la acarician y la arropan en un abrazo sellado por los duros inviernos compartidos.


Aquí, frente a ella, mientras la miro, me tomo un descanso y grabo en mi mente sus palabras que me hablan de los vientos que barren estas calles, de los inviernos que no terminan nunca, de los días que empiezan los lunes y se prolongan hasta el viernes en una soledad sin compañía alguna.


Por eso, cuando me encuentro con un habitante de este pueblo y alabo la belleza de casas y calles, me responde: Si, muy bonito, pero hay que vivir aquí.


Me llevo la imagen de esta puerta y las palabras de este hombre para enfrentarlas en el camino que me espera, para entender la diferencia entre pasar y vivir, entre visitar y habitar.


Hasta las palabras de Simone me resultan de difícil aplicación ahora. Siendo cierto que esta puerta que, seguramente, se levantó con amor, está iluminada por el resplandor de la belleza, las palabras que vienen directamente de la vivencia pura y constante, siembran la duda en la grieta de esta puerta.


Me consuela pensar que las grietas son también puertas a lo desconocido, a la ilusión de nuevos encuentros.


Tal vez la puerta no sea culpable de nada y seamos los hombres los que ponemos deseos y frustraciones en el sencillo propósito de la vida.

Comentarios

Entradas populares