EJERCICIOS DE TALLER. UN HIJO QUE EMIGRA, UN HOMBRE QUE CRECE

UN HIJO QUE EMIGRA, UN HOMBRE QUE CRECE




Desde su casa blanca, en el patio interior que daba luz a todas las estancias del interior, y bajo la sombra de la acacia que extendía sus ramas sobre el suelo de barro endurecido, Antonio se deslizaba en silencio hacia su pasado, en especial al sitio que hacía ya más de sesenta años le había visto nacer: aquel pueblo semi agrícola, semi industrial, rodeado por dos ríos, lleno de actividad y de riqueza, pero pobre de humanidad, en el sur de una provincia del norte de España.


Todo lo relacionado con la primera parte de su vida quedaba ya muy lejos, en kilómetros y en años transcurridos. Ahora, desde su casa de Argentina, ni se planteaba volver a pasearse por el pueblo de su infancia.


Sus pensamientos se interrumpían cuando el nivel de ruido producido por el movimiento de perolas, sartenes y vajilla se incrementaba en la cocina. En este momento, su mujer trabajaba y marcaba el ritmo y las prioridades de trabajo de las personas que estaban ayudándole en esta mañana. En pocas horas, llegarían sus hijos y sus parejas, con sus nietos, algunos todavía pequeños y otros algo mayores, cuyos ojos apuntaban a otros ojos.


Hablando de nietos, su nieta más pequeña, Leonor, era el vivo retrato de su bisabuela, la madre de Antonio, tal como él la recordaba: pequeña de estatura, llenita de carnes, pelo rizado, nariz chata y hambrienta, siempre con hambre, independiente y resuelta.


El recuerdo más vivo -casi el único- que guardaba de aquellos años de niñez era el olor de su madre. Cuando le sostenía en sus brazos, sentada en su sillón de mimbre, su piel olía a canela y azúcar, a leche recién hervida. A él le gustaba dormirse entre los pliegues de esos olores, en las mullidas carnes de su madre. Era un recuerdo feliz; pasados los años, seguía recordándolo como si se tratase de un nido que les protegía a ambos del exterior, aunque también era posible que quisiera creerlo para no olvidar el último recuerdo que le quedaba.


Los gritos de su esposa en la cocina hacían presagiar que algo no estaba saliendo bien o a su gusto en ese mundo de olores y humos. Elena estaba muy nerviosa desde que, sin apenas dormir, se había levantado de la cama, demasiado temprano. Era su aniversario de boda y el cumpleaños de los dos hijos gemelos que habían tenido en el primer parto. Para ella, era muy importante complacer a sus hijos y que todo saliera bien.


Por su parte, Antonio pensaba que ya no se acordaba de los sabores de las comidas de su casa materna. Nunca decía “casa paterna” porque no podía decirlo. En primer lugar, porque la casa era de su madre -eso lo supo más tarde- y, en segundo lugar, porque nunca conoció a su verdadero padre -eso también lo supo más tarde-.


En los años en los que él nació, muy a finales del siglo XIX, nada era fácil en aquella España que titubeaba y se perdía en busca de una identidad. La moral corría alocada entre el Poder y la Iglesia y la ética había que buscarla mucho para encontrarla solamente en algunas personas aisladas.


Cuando ya creció, tras unos cuantos años, un amigo le explicó lo esencial: él era hijo de un pecado de exigencias de la piel que entonces era imperdonable, especialmente o únicamente para la madre. Entonces entendió que el que entonces parecía su padre no lo era en realidad, era el que vino a tapar la falta de su madre -como entonces se decía-, era el que no supo o no quiso alimentar ningún afecto hacia él. Entonces entendió de golpe que no le quisiera, aunque tampoco se le notaba demasiado el afecto por los otros hijos, ya concebidos por él. Decían -y entonces lo entendió- que era un hombre sin oficio ni beneficio, sin futuro, un hombre que al llamado de la necesidad de echar un manto sobre la realidad de la que fue su esposa, se hacía dueño de una considerable posición que le permitió vivir toda su vida sin trabajar.


Supo entonces que nunca sería querido, que sobraba. Se le escaparon entre las manos las ganas de esperar a que sus medio hermanos crecieran y le quisieran, se le murió la esperanza por agotamiento. No pudo seguir soportando las miradas que entonces le parecían sospechosas o preñadas de una compasión que él no había pedido.


Sumido en esos recuerdos, escuchó cómo el espacio de la casa se llenaba de ruidos y voces. Sus hijos iban llegando. Se despejó y secó la cara, algo húmeda, y salió a recibirles. Mientras caminaba hacia ellos, se sintió orgulloso de la familia que había conseguido crear y mantener. 


Los nietos se le echaron al cuello, abrazándole, y el aire se llenó de exclamaciones y efusivos saludos.


Tras la comida, excesiva como siempre, y el reparto y apertura de regalos, se sintió algo molesto y pidió permiso para retirarse a descansar un rato.


El sueño le tentaba, pero volvieron los recuerdos para impedirle conciliar el sueño reparador. Se preguntó por qué volvía ahora a rememorar su infancia, su primera juventud. Cuando le pasaba esto, le costaba aceptar la intromisión de estos recuerdos, creía que al disfrutar de una familia feliz, honrada, con un cierto nivel de acomodo que les permitía vivir con holgura. No tenía respuesta, pero era evidente que algún hueco en su vida se había cerrado en falso, que sus orígenes le acechaban a la vuelta de cualquier momento de reposo. Lo que parecía muerto y olvidado, seguía vivo, empequeñecido pero vivo.


Viendo lo que ahora se veía, con la cantidad de muertes de personas que cruzaban mares y recorrían caminos para buscar un mejor futuro para ellos y los suyos; escuchando el incremento de ruido que se producía en los discursos políticos en muchos países del mundo en relación con las migraciones, se podía sentir tranquilo. Su periplo, de España a Argentina, fue triste y liberador, al mismo tiempo, pero llegó a un país que hablaba su misma lengua. No le costó mucho entender esas expresiones diferentes, esas palabras que enriquecieron su vocabulario y le hicieron entender otras formas de relación.


Su amigo del pueblo le financió el viaje y su madre, al enterarse de su decisión, lloró poco porque lo entendía, pero le dio el dinero, a escondidas, que podía necesitar hasta establecerse y abrirse camino. Nadie le timó por el camino ni le extorsionó. Por primera vez en su vida, vio el mar y lo navegó durante días, sabiendo que ponía una distancia insalvable con sus orígenes, que nunca volvería a ellos. Durante las muchas horas de travesía, intentó recordar los rostros de las personas que dejaba atrás, sin saber si volvería a verlas, si sabría algo de ellas en el futuro. Dejaba atrás lo que no podía hacerle feliz, los vacíos y las distancias, pero tampoco sabía cuál ni cómo iba a ser su futuro en su tierra de destino.


El país al que llegó le recibió con naturalidad y él no tardó mucho en encontrar nuevos medios de subsistencia, nuevos trabajos y ocupaciones.


Conoció a Elena, también española de origen y se enamoraron. Juntos construyeron su vida, su nueva familia, la de ellos dos. Siempre se prometió a sí mismo que nunca repetiría los errores de su madre ni viviría con el egoísmo y frialdad de su padre adoptivo.


Se fue asentando, llegaron los primeros hijos y la vida creció a su alrededor.


Durante algunos años, tras su llegada a Argentina, escribió cartas a su amigo de España, a algunos de sus hermanos, creo que nunca a su madre o, al menos, nunca lo dijo ni se supo. Algunos le contestaron, pero todo se fue espaciando.


Ahora podía decir que consiguió lo que no pensaba, asentarse, ser persona, ser feliz, hacer felices a los que le rodeaban.


A pesar de ello, no podía evitar, de vez en cuando, la bofetada de la nostalgia. Cuando ésta llegaba, le acompañaban las preguntas sin respuesta, los rostros cuya imagen ya se había desvanecido en el tiempo, pero se sentía huérfano, desposeído de la sonrisa de una madre, de la fortaleza de un padre.


Pasados unos años, llegó a Argentina una de sus hermanas de madre que también se estableció en el país, pero venía cargada de otras motivaciones y otras compañías, buscando su propio destino que no tenía que ser el mismo que el suyo y, mucho menos, a su lado. Se estableció en una parte del país muy alejada del lugar en el que él vivía y aunque se encontraron en algunas ocasiones, poco a poco se dio cuenta de que algunos puentes esenciales estaban rotos desde la niñez.


Se dedicó a su familia, a protegerlos y disfrutarlos. El equilibrio que había conseguido era sólido, pero siempre había un pero, un recuerdo que martillaba su memoria.


A veces se hacía una pregunta: Si a mí, que no he tenido problemas de acogida, que he tenido trabajo, que he podido construir una vida propia, que tengo amor a mi alrededor, no acaba de cicatrizarme la herida del dolor de mis primeros años, de mis orígenes, ¿qué pasará en la vida de los que no consiguen todo ni parte de eso y llegan a una tierra más extraña? ¿Quién puede tener tan poco corazón y alma para no abrirles sus espacios y convertirlos en tierra de acogida?


Se le había hecho tarde. Era hora de volver con los suyos, no quería preocuparles. Había mucho amor que alimentar todavía.


Pamplona, marzo de 2025

Isidoro Parra 

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