ENIGMAS. EL SOL EN EL TIEMPO

EL SOL EN EL TIEMPO

 


Inalcanzable como la pena de las nubes.

Beneficiario ahora del perdón de los muertos

y la benevolencia de los vivos.

Basilio Sánchez: El envío (Cristalizaciones)


Acuarela: José Zamarbide



El sol golpea fuerte en estas alturas serranas, en los Andes ecuatorianos.


La cordillera es la espina dorsal de esta tierra que sigue viviendo entre la sal de las aguas azules del Pacífico y la dulzura de las más oscuras de los ríos amazónicos.


Hasta aquí llegaron los incas desde el sur. A lo largo de la geografía ecuatoriana no se conservan muchos restos del paso de esa basta cultura que venía de Perú.


Por eso, era destino obligado, en este año de 1993, visitar su monumento más significativo en este país: el Tempo del Sol, Ingapirca. Este nombre quichua describe su origen: muro del inca.


En esta fortaleza, construida en los primeros años del siglo XVI, no muchos años antes de la llegada de los españoles, conserva la mezcla de elementos incaicos y cañaris. Mientras los muros levantados por los Cañaris unían las rocas mediante un mortero, los Incas cortaban grandes bloques de piedra con las medidas justas para que encajaran con absoluta precisión, sin mortero alguno.


Aunque pudo servir como puesto militar de seguridad para las tropas incas que avanzaban hacia el norte de Ecuador, su uso más probable fue el de observatorio del sol y la luna.


Antes de la llegada de los incas, ya se celebraban en este espacio las fiestas del solsticio de verano, en honor del Taita Inti o Padre Sol. Tras su llegada siguieron celebrándose ceremonias religiosas y sacrificios humanos.


Sus muros, levantados con piedra andesita verde y piedra volcánica, contienen esas puertas de estructura incaica que tanto me atraen por su clara diferencia con las formas de las de nuestra cultura occidental.


Paseo por sus estrechas calles, pisando ese suelo de losas que ocupa ese espacio rodeado de colinas verdes, de llamas y otros animales.


Los pasos, abiertos, sin maderas que impidan el paso del aire, abren ante mí un túnel para viajar en el tiempo. Es mi primer contacto con esta particular arquitectura de los incas y siento el deseo de conocer más. Como siempre y como a todos, me atrae la diferencia.


La luz, en estas alturas, tiene una densidad especial, más ligera. El sol llega a nosotros con brusquedad, reclamando una propiedad que no podemos hollar.


La belleza de estos restos antiguos es inalcanzable, como la pena de las nubes, tomando las palabras del poeta 


Lo que queda de la historia aquí vivida es beneficiario del perdón de los muertos que ya no pueden hablar y de la benevolencia de los vivos que enmudecemos ante estos muros a los que ampara la naturaleza.


Esas puertas abiertas dejan escapar las sombras del pasado y dejan entrar nuevos ojos sin prejuicios, sin manchas de antiguos rencores.

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