ENIGMAS. VERDE, CASI MUERTA

VERDE, CASI MUERTA

 


De todos es sabido que el tiempo no posee otra grandeza que su propia mansedumbre.

Julio Llamazares: La lentitud de los bueyes


Acuarela: José Zamarbide.


Paz y sosiego en los muros, en la puerta y en las flores.


Esta vieja puerta de Amillano se usa tan poco que esas flores han crecido en su umbral y han convertido el paisaje en un jardín, en un decorado listo para representar el despertar de la primavera de este 2020.


Ahí está, viendo pasar el tiempo, como dice la canción, con sus hojas fundidas sin línea de ruptura, sin una cerradura donde alojar una llave, sin un herraje que la embellezca, sin un anuncio ni un grafiti, limpia, recién lavada.


A decir verdad, no precisa de ningún adorno, es una belleza serena que mira de frente sin alterarse, que sólo necesita para vestirse un color, el verde; color que, sobre todo, mantiene en la chapa metálica que protege sus pies frente a la humedad de la tierra, una humedad que no parece dañarla.


Poco a poco, año a año, la madera y la piedra se alimentan entre sí del color del otro y se diluyen para alcanzar ese tono gris y verde que empapa toda la imagen, puerta y muro.


Esas flores, lejos de ser una invasión, son el tributo de la belleza natural a la belleza de esta puerta. El tiempo de desuso ha permitido que crecieran hasta convertirse en una llamada al renacer de la vida. Parecen un homenaje, sabia y delicadamente preparado. Lo más sorprendente es que, en este caso, la naturaleza ha actuado donde los humanos han puesto su abandono.


¿Qué decir de la hiedra que, amorosamente, asciende por esa pared sin invadir la puerta? Parece que la mira y la respeta: no quiere manchar una belleza tan limpia, no quiere enturbiar la mirada de ese paño verde ni distraer la mía en este momento.


Es la imagen y la grandeza de la mansedumbre que el tiempo impregna en los materiales, dándoles cuerpo y sentido, dándoles su propia imagen, su sonrisa y su lenguaje propio.


Me gustaría que el tiempo imprimiera en mi rostro una paz parecida, una mirada tan limpia, un sosiego tan visiblemente sereno.


La miro muchos días y cada día descubro un nuevo matiz en su rostro, como si quisiera decirme cosas diferentes cada día.


Tal vez ignora que a mí me basta con la imagen que tengo grabada de ella, que la recuerdo y me acompaña.


No estoy seguro de si siempre lo he sabido, creo que no, pero tengo que agradecer a esta puerta, a su imagen viva, la seguridad de que una de las grandezas del tiempo es la mansedumbre que nos aporta.




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