ENIGMAS. ALABADO
ALABADO
Si el camino pesa,
cuánto pesará la huella?
Luce de Perón
Acuarela: José Zamarbide
Paseamos por las calles del centro histórico de Quito y, muy cerca de la famosa iglesia de San Francisco, hacemos una parada ante una inmensa casona.
Esta puerta estaba cerrada en ese año 2009 y lo estaría hasta que, terminadas las obras de acondicionamiento de lo que estaba destinado a ser -ya lo es hoy-: un exquisito museo privado bautizado con el nombre de El Alabado.
Ese museo alberga una de las colecciones más importantes de piezas de arte precolombino de las antiguas culturas indígenas de Ecuador.
El nombre del museo viene heredado del que identifica desde el siglo XVII esta casa. Así nos lo dice el mensaje grabado sobre la piedra del dintel: Alabado sea el Santísimo Sacramento.
Ese mensaje nos informa también de la fecha en que fue finalizada la portada: 15 de junio del año de gracia 1671.
La casa es una de las más antiguas de este también alabado centro histórico de la ciudad. Se dice que fue construida entre los años 1530 y 1670, cuando ya estaba parcialmente edificada esta parte de Quito.
Los adelantos de la ciencia han permitido cifrar entre 1350 y 1450 el momento en que fue talado el árbol con el que se hizo una de las vigas más antiguas de la casa, hecho del que los expertos deducen que en la construcción se emplearon algunos materiales reciclados o reutilizados.
A lo largo de su vida, esta casa ha sido molino y también ha sufrido divisiones para parcelarla y explotar el negocio de “casas de alquiler” y también para bodegas de los negocios cercanos.
Pocas casas tan antiguas, que hayan tenido un uso tan variado, han llegado a nuestros días con el empeño de ser el abrigo que protege tesoros tan bellos de los ataques de los climas y los hombres, del definitivo hachazo del olvido.
La imagen de este portón me transmite la certeza -hasta el límite que la confianza y la prudencia me imponen- de que esta casa ha sido construida para perdurar.
Por ejemplo, la disposición de esos clavos a lo largo y ancho de la puerta, que simulan una cruz sin rostro, remaches que no solamente habitan las hojas principales sino que también se pasean por el portillo, indicando un camino siempre abierto.
Tomando y cambiando las palabras de Luce de Perón, con el permiso que me habría dado ella, en el caso de esta puerta no pesa la huella que el nombre ha dejado, aunque haya pesado la historia y el camino recorrido.
A mí me abre la esperanza de un tiempo futuro dedicado a la belleza, a la contemplación de la vida pasada en la que los hombres no fueron ni menos inteligentes ni menos felices.



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