DESAMPAROS Y RESCATES. LOS DESAMPAROS CRECEN DÍA A DÍA, EN CASA
LOS DESAMPAROS CRECEN DÍA A DÍA, EN CASA.
No es necesario que pase nada extraordinario para que los signos de un desamparo se dejen ver en un gesto que podría pasar desapercibido, en una palabra común que se escucha sin ruido y a tu lado.
Si fuera sólo un gesto o una palabra perdida, nadie repararía en ello. El problema es que el causante no suele quedarse en segundo plano, necesita reafirmarse, alimentar su ego; como mínimo, intenta acompañar la suavidad de sus formas con la firmeza de la intención; a veces, incluso con la aparente ligereza de una cuchillada fría y, sobre todo, se repite con más frecuencia que la que él mismo pretende.
Son desamparos que se alimentan de la rutina de la vida diaria; también con el consentimiento inconsciente y, en ocasiones, hasta con el amor.
En una convivencia de varios días, en un país de nuestra civilización europea, hemos coincidido con personas no conocidas hasta ahora.
A nuestro lado han crecido palabras amables, gestos de cortesía, ganas de agradar, todo envuelto con el respeto necesario para convivir, pero mi oído se ha adueñado de otras palabras y otros tonos, mi mirada ha puesto algo de atención en otros gestos.
En el grupo, había dos personas que han llamado mi atención, unidos por matrimonio desde hace años, con esa edad en la que lo más fácil es seguir adelante, no poner en peligro lo construido aunque un viento helado se cuele por alguna ventana.
Él representa la seguridad sin fisuras, con su apariencia de hombre erguido, sin concesiones a signos de debilidad alguna, con una estructura física que denota firmeza y seguridad. Nada en su apariencia llama la atención, pero queda claro que están cerradas las posibilidades de expresar vulnerabilidad.
Hasta su forma de caminar va marcando territorio a su alrededor mientras el aire demanda espacio.
Necesita aparentar esa seguridad, exhibirla, de la misma forma que necesita ordenar cada momento, tomar decisiones por ambos y justificar con algunas palabras la decisión tomada, como si en el fondo no estuviera tan seguro y quisiera conseguir una aceptación que no se atreve a solicitar.
Su posición le exige dar continuamente protección; eso sí, siempre que se vea que lo hace, que quede claro ante ella y ante los demás quien maneja la barca. Ante el menor vacío de incomprensión o de indiferencia que se genere a su lado, frunce el ceño, como si no pudiera explicarse cómo no se dan cuenta los que le rodean de que a él le acompaña siempre la decisión más correcta; que la verdad le pertenece hasta el extremo de tenerla dominada, en sus manos..
No lo manifiesta pero su lenguaje gestual echa de menos una pleitesía que nadie le rinde.
Ella acepta todo, consciente, callada, anulada como el silencio en una fiesta.
Si hay que hacer fotografías, él decide el momento, la posición, la luz, el encuadre y el gesto que el otro ha de adoptar. Después, hay que alabar el resultado para un mayor ego del fotógrafo y si no le gusta el resultado, aunque sutilmente, siempre hay otro que tiene la culpa, alguien que se ha interpuesto, que ha manchado con su presencia el enfoque perfecto.
Si los que le rodean no le escuchan o no siguen sus razonamientos, se evade y espera mejor ocasión para expresar el mismo pensamiento que había callado. Entiende que la idea era brillante y quiere regalar al grupo unas pinceladas de su ingenio.
Ella, refugiada en su silencio, mira a su alrededor, pendiente de si alguien intuye lo que pasa. No sabemos si con su mirada está lanzando una llamada de auxilio que nadie puede atender sin ponerla en peligro.
Es habitual que repita las explicaciones del guía como si éste hablara sobre contenidos que él le hubiera comentado previamente, nada nuevo para él.
Ella habla poco, pero sonríe cuando lo hace y es suave como la brisa que se levanta al alba en una mañana tranquila.
El juega al papel de hombre seguro que gobierna lo que cree que le pertenece: ella en este caso.
Ella parece sostenerse en esa atmósfera como quién pasea por un alambre tenso, con una débil red bajo sus pies.
Da la sensación de que ella tenga que pedirle permiso para hacerse presente. De hecho, parece evitarlo, prefiere hablar bajo y quedarse protegida por otros o por una columna amplia.
Ella es un ejemplo evidente de un desamparo, pero lleva tantos años viviendo en ese páramo de soledades acompañadas que ha hecho crecer arbustos con flores y árboles que le dan sombra, aunque él no los vea.
Afortunadamente las situaciones adversas no lo son para siempre y ella ha aprendido a mantener su luz encendida. Ella cultiva la paciencia.
En el fondo, no hay mayor desamparo que el de aquél que necesita reafirmarse cada día por encima de aquel a quién dice amar.
En su interior, supongo que debe vivir en un mar de inseguridades, todo el día mareado por las olas del deseo de ser superior… y que se sepa.
Es posible que esto sea un invento mío, fruto de mi imaginación y, con toda seguridad, ni será todo verdad ni todo mentira pero noto una corriente negativa que me impide acercarme.
Mañana dejaré de verles y todo será como en realidad sea.
Pamplona, marzo de 2026
Isidoro Parra.


Eres un gran observador
ResponderEliminarEn la vida, si no observas, te pierdes
ResponderEliminarSituaciones cotidianas, en las que te ves reflejado, la cuestión es en la piel de quien te sitúas... Gracias Isidoro
ResponderEliminarProcuraremos elegiac, si podemos
EliminarEl agua no discute con los obstáculos, los rodea y sigue. En el río lo más importante es el agua
ResponderEliminarDevacuerdo. El agua no se puede gobernar
ResponderEliminarY quién dice que la gobierna?
ResponderEliminarEl engreído
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