EJERCICIOS DE TALLER. MIRAR UN CUADRO ES BUSCAR
MIRAR UN CUADRO ES BUSCAR
Llego a cualquier museo y empiezo por guardar una cola importante para poder acceder al recinto. Ahí empiezo a generar mis primeras oleadas de cansancio. Me adentro en las galerías que contienen los tesoros bien guardados, el orgullo de un país que quiere sentirse culto, y lo primero que siento es la invitación que me llega a través del color.
A mi lado, tras de mí, delante mía y en sentido contrario al mío, circulan oleadas de visitantes que se mueven con rapidez. Cualquiera podría pensar que llegan tarde, que les van a quitar algo, que se van a perder la primera canción, el introito de la celebración. Entre ellas, habrá de todo, unos que entren por primera vez, otros tan asiduos como las moscas en verano, otros que vienen a mirar un cuadro concreto -los menos-, otros que quieren verlo todo; unos que se sienten arrastrados, otros que arrastran; unos con más capacidades para descubrir y disfrutar de la belleza de los cuadros, otros con menos.
Observo el paso de las personas que caminan a mi alrededor. Algunos se han detenido frente a un cuadro y da la impresión que entienden lo que están viendo, que saben más que el resto, que les han contando algo que yo desconozco y un esbozo de envidia me recorre el cuerpo.
Otros se sientan en los bancos que la Dirección del museo ha colocado en mitad de la sala para el descanso de estos peregrinos del dibujo y de la historia. Otros, simplemente caminan y, mientras lo hacen, dirigen su mirada hacia un lado u otro, intentando quedarse con todo para, al final, quedarse solamente con el cansancio de sus cuerpos.
Me pregunto si la velocidad del caminar en un museo tiene una relación directa o inversamente proporcional al conocimiento del arte de la pintura o al contenido que se visita, pero no llego a conclusión alguna. Creo que la velocidad en un recorrido de este tipo solamente está justificada cuando el que camina va en búsqueda directa de su pintor o su cuadro preferido.
Veo algunos niños rubios -americanos o nórdicos, seguramente- que acompañan a sus padres, reprimidos para jugar entre ellos, sin poder correr, adormilados y aburridos mientras se cuelgan de sus padres, intensificando el cansancio de éstos.
Algunos corren hacia la salida a paso más ligero, como si fueran al encuentro del aire y la libertad. La sonrisa empieza a dibujarse en sus caras y da la sensación que, para ellos, el día comienza en unos minutos. Les espera el sol o la lluvia, no sabemos, pero van al encuentro de la gamba a la gabardina y el vermouth rojo con aceituna.
Todo ello me sirve para reflexionar -actividad que me invita a sentarme en uno de los bancos- sobre la actividad de visitar un museo y, más concretamente, la de mirar un cuadro y el contenido de esta acción.
Me pregunto si cuando miramos un cuadro solamente miramos y con ello nos basta, si sólo preguntarnos sin saber a quién; si damos un paso más y apreciamos algo especial de su contenido, un detalle concreto, el color general del mismo, el tema que se plantea en el lienzo, la época en que fue pintado o la parte del mundo en la que nació el pintor.
Me sigo preguntando si lo que vemos nos sirve para comparar ese cuadro con otro del que guardamos un velado recuerdo, si lo enfrentamos con otro pintado por otro artista que trataba el mismo tema de forma diferente. Aquí me detengo porque me pregunto si no he ido más allá de lo que puedo pedir a un observador normal.
Me planteo si tenemos la posibilidad de valorar lo que vemos, si sabemos algo del dibujo, del trazo, del material sobre el que se aplicaba la pintura en cada época de la historia, de los significados del color, de la perspectiva, del punto de fuga, de la historia que cuenta y su enfoque. También pienso por qué el espectador se deja atrapar por un cuadro y no por otro y de los motivos que condicionan esta diferente atención; frente a qué cuadros se expande y frente a cuales otros se empequeñece.
Me pregunto si frente a determinadas obras siente que se marea o si en otros se busca mínimamente, si se identifica con el tema, con la profundidad de la imagen, con el trazo o con el color, siempre el color. Si se busca, ¿qué es lo que persigue con esa mirada? Acaso lo que siente que nunca tuvo, lo que cree haber perdido o lo que todavía espera encontrar.
La duda mayor es sobre los que se buscan. ¿Se encuentran en alguna ocasión o nunca lo consiguen? y si se encuentran, qué es lo que se encuentran, cómo lo ven y para que les sirve si les sirve para algo.
Y ahora, un poco agotado con tanta pregunta, me planteo cómo y para qué he llegado hasta aquí y recuerdo que de lo que quería hablar era sobre cómo miro yo un cuadro.
Creo que no es fácil saber cómo realizo ese acto, qué busco primero, qué es lo que me condiciona para mirarlo de una forma u otra: ¿el hecho de haberlo visto antes?, ¿el nombre y fama del pintor?, ¿la fama que le precede? Ninguno de estos aspectos me invita a inclinarme por uno de ellos.
Creo que mi inclinación a la contemplación del arte de pintar es algo más que sincera. De hecho, me resulta difícil planificar una visita a una gran ciudad y no incluir en la agenda la visita a uno u otro museo. También he intentado leer algo sobre qué es lo que se debe hacer al mirar un cuadro, pero me he sentido mareado ante tan diferentes planteamientos de los que opinan sobre ello, que he preferido dejarme llevar por mis vivencias e inclinaciones, dejando a un lado cualquier aproximación técnica.
Intento cambiar mi esfuerzo de memoria y me paro a pensar en los cuadros que más veces y durante más tiempo he observado y sigo haciéndolo. Al centrar el foco, se aclaran algunas nubes y llega algo de luz que tampoco sé si me sirve para responder adecuadamente a la pregunta, pero me hace caminar por senderos de certezas, de experiencias que he vivido y sigo viviendo.
Mi memoria ha intentado recorrer mis experiencias de contemplación pictórica y se ha detenido en dos cuadros, uno en el museo de El Prado y otro en La Luna.
Lo primero que siento es que mi experiencia de mirar un cuadro con satisfacción es un acto solitario. Necesito soledad y silencio entre el cuadro y yo. Solamente en soledad y en silencio personal conmigo mismo, sin distracciones, puedo sumergirme en la pintura.
En el museo de El Prado, vaya a lo que vaya, sea una visita de larga duración o rápida, acuda sólo o con compañía, siempre me detengo un tiempo en contemplar el óleo Paisaje con San Jerónimo, pintado entre 1516 y 1517 por Joachim Patinir.
Sé que el pintor nació en Dinant (Bélgica), a las orillas del Mosa, en 1489, y falleció en Amberes en 1524. Está considerado como el primer paisajista flamenco. Comenzó a trabajar en Brujas, donde conoció a Gérard David y a Alberto Durero que le calificó como “un buen pintor de paisajes”.
Su estilo recuerda a El Bosco, en quién se inspiró desde sus comienzos. Este cuadro perteneció A Felipe II, quien la envió a El Escorial en 1584, pasando a formar parte de la colección del Museo en 1839.
Estos son algunos datos escasos sobre su vida y su entorno, así como algo del cuadro, que he podido leer después de haber pasado muchos años observándolo sin necesidad de preguntarme nada. Ahora, pienso en las razones de mi querencia.
Creo que lo primero que me hizo incorporar este cuadro a mi vida, fue el color, y especialmente, el color azul de la parte alta del cuadro, cuya visión completa parece que se ve disminuida por la desaparición de una parte superior, redondeada, que debía dar una mayor profundidad a la lejanía que pinta el azul. En lo que se ve, es posible que el espacio dedicado al azul no supere la tercera parte del lienzo, pero es tal la intensidad del color y la profundidad del paisaje que me atrapó desde la primera mirada. Durante un cierto espacio de tiempo de mi disfrute del cuadro, mi mirada se quedaba y se queda atrapada en ese azul, intenta continuar el paisaje del cuadro por esa ventana que mira al pasado o al futuro, a lo esperado o a lo desconocido. En ese espacio, todo es figuración y posibilidades, frente a la cercanía y concreción del resto del cuadro, esas praderas verdes y esas rocas escarpadas o esa cueva, todo ello con su función concreta que pone freno a toda interpretación. Abajo la realidad, arriba la fantasía, el espacio por encontrar, el mundo con el que soñar, el cielo desde el que llegan las tormentas, el que nos da el agua.
Ahí, en lo concreto, en esa cueva del primer plano, aparece San Jerónimo, de espaldas al futuro y al paisaje, en un espacio que se siente acogedor y abierto a todos los vientos.
Entre la realidad concreta del santo que motivó este proyecto y la lejanía que deja abierto el relato al futuro, la cotidianidad de la ciudad, de los cultivos, de las casas en el campo, como si ese quehacer cotidiano funcionara como un foso entre lo espiritual y los sueños.
Tal vez por ello, si es cierto que nos buscamos en cualquier cuadro, yo, en éste, lo he hecho en el azul, en la esperanza, en la lejanía y el esfuerzo de llegar a ella, en el interés por descubrir y anticipar el futuro posible.
Paisaje, color, profundidad, relato y algo de huida en el azul, son los elementos de reflexión que me inspira la mirada de este cuadro, con el que, cada vez que lo miro me encuentro aunque me siga buscando.
Paso a La Luna, ese espacio tan cercano y personal. En una pared frente a la luz del valle, sobre ese panel cuyo color recuerda al vino, cuelga un cuadro de amplias dimensiones pintado por mi hijo cuando tenía unos trece años.
La base en la que se fijó la pintura es una modesta tabla de aglomerado cuya superficie no queda totalmente cubierta. Los trazos amplios querían innovar, hacer algo diferente, no era importante cubrir la base y ocultarla. Así, parece que las imágenes flotan sobre la madera y llaman más nuestra atención.
A esa llamada, contribuyen también el tipo de imprimación -creo que son pigmentos siena, algo diferente al óleo- y los colores empleados para el negro de los troncos retorcidos de los árboles, el ocre de la tierra, el verde de algunos rastros de vida y el rojo de las hojas.
Cualquiera que mirase este cuadro y nada supiera de sus orígenes, le podría resultar agresivo, fruto de alguna locura o sueño sofocante, terrible, del que uno se despierta sudando y con la necesidad de sacarlo de tus adentros y dejarlo que se ventile.
Por el contrario, a mi -que sé de qué va-, cada vez que lo miro, me provoca una sonrisa y un aluvión de recuerdos.
El cuadro representa la avenida de acceso a la finca La Ciénega, en Ecuador. En el paisaje real, los árboles que en el cuadro se ven en negro, son altos troncos de eucaliptos -rectos, no retorcidos-, abrazados por sus hojas verdes y plata, no rojas. En nada se parece la realidad al contenido de la pintura, pero la memoria llena todo el espacio y acorta todas las diferencias.
Cuando lo contemplo, con mayor frecuencia que el cuadro de Patinir, mi mirada siempre es de reconocimiento. Me provoca un sentido de doble pertenencia: el de estar hecho por mi hijo y el de representar algo más que un paisaje. Para mí es volver a encontrarme con una experiencia de mi vida, con momentos brillantes, con amigos que nos acompañaban, con el empeño de que lo vivido no debe morir cuando finaliza la experiencia.
En este caso, cercanía, vida vivida, sorpresa de establecer puentes entre elementos diferentes que representan lo mismo, es lo que me hace mirar este cuadro con paz y cercanía y me hace identificarme con él.
Estoy seguro de no haber explicado nada, pero lo dicho es verdad. Tal vez sea la única cualidad, pero a mi me basta.
Pamplona, mayo de 2025
Isidoro Parra



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