ENIGMAS: BOCAS DE AGUA
BOCAS DE AGUA
Toda su vida consistió en ganar tiempo antes de ponerse a vivir.
Jordi Doce: Hormigas blancas
Acuarela: José Zamarbide.
Cuantos más ejemplos veo de lo que nos han dejado los incas, más sorprendido me quedo de sus capacidades de ordenar la vida, de subsistir y generar nuevos desarrollos para avanzar como no lo habían hecho otras muchos pueblos de su época.
Hoy, cerca de Cuzco, en 2017, visitamos Tambomachai, el reservorio de agua más importante de la zona, en pleno camino inca, que aseguraba el suministro de agua a la cercana Sacsaywaman.
Siempre que me detengo ante unos restos de una obra inca, lo primero que me sorprende es su habilidad para trabajar la piedra, su fuerza para mover piezas tan pesadas, su precisión para tallarlas y hacerlas encajar en ángulos difíciles de imaginar, creando mosaicos enormes, cuadros de piedra mirando al vacío de nuestros ojos asombrados.
Lo siguiente que llama mi atención son las puertas, con sus lados inclinados en una posición que recuerda a la oración, al respeto.
Aquí, crearon esta estructura para canalizar y recoger el agua de lluvia y de los torrentes que horadan estas montañas.
Todavía se conservan las pequeñas piscinas por las que pasaba el agua que salía de los caños en medio de la piedra.
No es la más sorprendente de todas las obras que hemos visto de los incas, pero sí una de las más diferentes. Tuvieron que buscar el lugar apropiado, pensar cómo lo iban a hacer, cavar, buscar el agua, traer la piedra, tallarla, encajarla, todo ello con los medios que podían disponer.
Por eso, cuando voy viendo todo lo que este pueblo dejó tras él, los caminos que construyó, los lugares en los que levantó sus asentamientos, pienso que vivieron en una pelea constante. Es cierto que doblegaron a otros pueblos, pero también se esforzaron -con ellos y a veces contra ellos mismos- y dedicaron todo el tiempo a crear, a construir, a levantar, a organizar, a pensar en cómo ser más.
La pregunta que surge es si les quedaba tiempo para vivir, para disfrutar de todo lo que hicieron.
Esta construcción y estas puertas eran instrumentos de vida. Sabían lo importante que era el agua para subsistir en los largos meses del verano, para que sus cosechas crecieran, que su maíz se hiciera grande, sabroso, para que hubiera suficiente comida para todos.
Estas puertas, todas las que he podido ver, han hecho crecer en mí el respeto por un pueblo que desarrolló una cultura diferente, trabajada hasta la extenuación, admirada por todos.
Tal vez, toda su vida, como dice Jordi Doce, consistió en ganar tiempo antes de ponerse a vivir.



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