ENIGMAS. EL OFICIO EN LA PUERTA
EL OFICIO EN LA PUERTA
¿Qué has aprendido, qué has aprendido?.
He aprendido que la belleza no se acumula.
Mario Satz: Hoja de cerezo (El alfabeto alado)
Acuarela: José Zamarbide.
Recorremos las calles de Kashgar, en medio de la arena de la Ruta de la Seda, en 2012. Pisamos calles polvorientas por las que vemos pasar entierros sonoros, visitamos coloridos y olorosos mercados, nos descalzamos respetuosamente en sagradas mezquitas y vemos infinidad de bellas puertas de diferentes colores.
Entre ellas, me he parado ante esta puerta sencilla, abierta hacia la calle y hacia el interior, ese interior asomado a los vientos, en el que un carpintero pasa las horas modelando la madera para dejar listos cientos de piezas torneadas en espiral para mesas, camas, puertas y un sinfín de utilidades.
El hombre salpica sus ropas con las virutas de la madera que, a lo largo de la jornada, se van acumulando en su cuerpo.
La puerta permanece entreabierta, para respirar y para que se sepa de su presencia, que se le puede llamar y hasta comprarle una pieza.
Es una puerta sencilla, con vida, con todos los colores desvaídos que el tiempo ha ido acumulando en cada superficie.
Me detengo y el carpintero vuelve su cabeza para identificar la sombra que ha percibido. Me sonríe y vuelve a su trabajo. Sabe que no soy cliente.
Me quedo unos instantes más. No sé qué tiene esta puerta que crea esta escena de equilibrios ligeros, de conexión con el mundo real, fuera de los circuitos de los turistas, pero algo me retiene frente a ella.
A veces, cuando recorres millas y millas buscando la mejor fotografía, el monumento más bello, la mejor obra de ingeniería o la más espléndida oferta de la naturaleza, la imagen que contemplas te supera tanto que, al cabo de unas horas, la dejas dormir en el baúl de tu memoria.
En cambio, cuando tras llevar días pisando tierras no conocidas, oliendo aromas ajenos a tus recuerdos, te encuentras ante una escena sencilla, cotidiana, de la vida real, algo llama poderosamente tu atención. Es como si te encontraras de nuevo con la vida.
Y ese sentimiento es, en ocasiones, más profundo que la maravilla más famosa, más cercano que el enclave que todos hemos creído que nos iba a regalar el momento más espléndido de un viaje.
Así me ha pasado a mí ante esta puerta sencilla de un sencillo carpintero, en una calle todavía más sencilla de un Kashgar mágico al que quisiera volver, aunque no será fácil.
Sólo me queda dar las gracias por haber percibido la vida en esta puerta de hierro y cristal, pintada con los colores del paraíso.
Al final, es cierto que la belleza no se acumula, surge en el momento más inesperado, desaparece pero la vuelves a encontrar.



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