DESAMPAROS Y RESCATES. TU CUERPO ES UN ALIENTO.
TU CUERPO ES UN ALIENTO
Nuestro cuerpo puede ser un desamparo y también un rescate. Puede pasar de una apariencia a otra en cuestión de segundos.
Eso, al menos, quiero pensar después de acompañarte, aunque sé que a tu edad y a la mía, son más los espacios de desamparo que los de rescate.
Hace unos segundos he llegado a tu habitación hospitalaria, con la idea de acompañarte durante un espacio de esta tarde que nos regala un sol que templa las calles e ilumina el aire. Lamentablemente, tú, afectada por varias caídas y por tu edad, no podrás disfrutar más allá de lo que te permite esa ventana que te deja ver el cielo azul.
Estás sola en la habitación. El espacio que ocupaba la otra cama está vacío, lo que da a la estancia un aire de una mayor soledad y algo de abandono.
Me acerco despacio y observo tu figura que se apoya en el respaldo del sillón sin que me permita apreciar si descansas o estás tensa incluso en el sueño.
Tu pelo, completamente cano, no es escaso y está cuidado por manos expertas, pero se reparte de forma irregular sobre tu cabeza debido a los apoyos constantes de la misma sobre la almohada.
Tus manos permanecen aferradas con algo más que firmeza a los brazos del sillón. La imagen delata la necesidad de buscar seguridades y soportes.
Estás aparentemente dormida y tu boca está tan abierta, casi forzada, que parece sostenida por algo que se escapa de tu cuerpo.
El gesto que has compuesto parece una entrega o una pregunta que no recibe respuestas.
Por eso, tu imagen me parece la de un cuerpo que se ha convertido en un aliento sin descanso.
Antes de llegar, he conocido que tu edad está más cercana a los cien que a los noventa y eso me hace dudar más sobre tus fuerzas.
Tal vez por eso, tu cuerpo parece acostumbrado a la sequedad de tu boca aunque, en ocasiones, un espasmo sacude tu camisón con la entrada o salida de aire en tus pulmones.
Observo que tu cuerpo se desliza por el respaldo del sillón, solamente sostenido por tus pies y esas manos que ponen freno a la caída.
Durante unos minutos, de pie, te he observado en silencio, con respeto, pero pendiente de tu rostro, meditando sobre la severidad o la solemnidad del momento.
Hasta ese instante, lo que mis ojos contemplaban era un desamparo que abrazaba tu cuerpo con su aliento gris.
Un ruido procedente del pasillo te ha sobresaltado y has abierto los ojos. Me has mirado y la habitación ha cambiado su color.
Una sonrisa ha aflorado a tus labios y tus ojos se han encendido buscando mi saludo.
Después de presentarme, he aceptado tu invitación para sentarme cerca de ti y hemos iniciado una conversación tranquila, sosegada.
Me has preguntado cosas, mi lugar de nacimiento y el del sitio en el que transcurre mi vida y has ido enlazando lugares y personas, hasta que hemos descubierto lazos que, sin unirnos, nos han rozado a lo largo de la vida.
Me has hablado de tu casa, de tu pueblo, de sus gentes, con discreción y detalle, de las obras de conservación de restos románicos, de la convivencia vecinal, todo en su sitio, sin alardes, con normalidad, pero no te engañas sobre tus posibilidades de regresar a tu casa.
Me cuentas que ya está planificada tu entrada en una residencia tras tu recuperación en este hospital y lo has dicho con la misma naturalidad con la que hemos hablado del tiempo y de la vida.
Te has recolocado algunos bucles de tu pelo, como si acomodaras tu peinado a la normalidad de la conversación que manteníamos.
La vida, plena, con sus matices y limitaciones naturales, te inundaba y yo podía admirar cómo ibas recuperando tú sola el rescate de ti misma.
Habías pasado de un aliento sin vida a una respiración que te sostenía.
Y así, sin alharacas ni aspavientos ni declaraciones o mentiras innecesarias he vivido en pocos minutos tu desamparo y tu propio rescate.
Gracias por ser y por estar.
Pamplona, abril de 2026
Isidoro Parra.


Como siempre, me ha gustado mucho tu capacidad de observación y reflexión, además del estilo lleno de poesía y dulzura con el que impregnas tus escritos, sobre situaciones , que muchas veces las vivimos de forma rutinaria e intranscendente y que con más sensibilidad pueden transformarse en emociones que nos hacen vivirlas y valorarlas más a fondo.Un abrazo
ResponderEliminarGracias, Lucía. Voy teniendo la sensación en mi vida de que hay que quitarse las rutinas y la velocidad, mirar y dejarse llevar.
EliminarEs una lectura tan sensible y reflexiva que denota tu personalidad, un gusto que la compartas conmigo migo😍
ResponderEliminarCompartir es siempre mejor que solamente hacer. Gracias a tí.
EliminarQué aliento has trasmitido. Tu dedicación es admirable.
ResponderEliminarTodavía podía ser mejor, no limitarla tanto, no medirla.
EliminarAdmirable tu servicio y generosidad. Debe ser muy difícil acompañar de esa forma: mirar y escuchar con tanta compasión, humanidad, y sin juicio.
ResponderEliminarComo muchas cosas que vas descubriendo en la vida, darse un poco y, como dices, sin jucio, es el estado en el que más recibes.
Eliminargracias por compartir ese momento de reflexión con paz y dulzura
ResponderEliminarGracias a ti pot leerlo
ResponderEliminarY seguimos sin prepararnos...
ResponderEliminarComo nos sorprende la VIDA a cada momento.
Cuando la VIDA decide.
Donde la VIDA sale al encuentro.
Isidoro, gracias por dedicar parte de la VIDA a acompañar.
Y decide sin consultarnos, sin pedir permiso, pero nuestra capacidad de a eceptación y de lucha siempre le sorprende. Estoy seguro de que llegamos a sorprenderla. Abrazos
ResponderEliminarGracias Isidoro, mis ojos"se han encendido" leyendo tu escrito. Tanta dulzura hay que lo difícil parece fácil. Un abrazo, Margot Vanbert
EliminarIgual es todo más fácil de lo que pensamos, Margot.
EliminarGracias a ti.