ENIGMAS. EL ALARIDO QUE VIENE DEL PASADO.
EL ALARIDO QUE VIENE DEL PASADO
La mirada del miedo siempre contempla en vano.
Javier Lorenzo: Silence and darkness (Juegos de construcción)
Acuarela: José Zamarbide.
La India siempre te encoge el alma y te deja sumido en el asombro.
Estamos en 2018, visitando las cuevas de Udayagiri, en Bhubaneswar, que ocupan una ladera de piedra caliza. Allí, excavadas en la roca, algunas representando animales, otras con galerías incorporadas para solaz de los ilustres anacoretas o personalidades que las ocuparon, nos muestran un pasado glorioso.
Como cualquier otro turista, me detengo más en unas que en otras y, como es evidente, no podía faltar la parada ante la Vyaghra Gumpha, la cueva del tigre, hoy en estado de ruina.
Su entrada, que representa la boca de un tigre, llama la atención por la conservación de las formas. Según dicen los escritos encontrados, perteneció a Sabhuti, juez de la ciudad.
El tigre es un símbolo muy potente dentro del hinduismo. Es el vehículo de Kali, patrona de Calcuta, madre universal y diosa destructora de la maldad y los demonios, consorte del dios Shiva y una de sus principales esposas.
Por eso, los tigres simbolizan, en muchos casos, la victoria sobre todas las fuerzas malignas.
En este momento en que intento concentrarme en esta y en otras puertas que me ofrece esta colina, echo en falta la memoria y la carga de significados que acompañan a estas doctrinas, a esta cultura. Sin esas creencias, los símbolos pierden su significado, su contenido, nada se ve igual ni con la misma profundidad.
Me parece una bella puerta, pero la veo más como una obra de arte que como un símbolo religioso. Miro su boca abierta, enorme, capaz de dar cabida por sus fauces a muchos hombres y no deja de traerme otros recuerdos de bocas de tigres que se cierran, mancillando la carne. Es la memoria del miedo.
Tal vez por ello, esa llamada que me lanza esta puerta me deja impávido, bajo de sensaciones y no es la suya, sino la mía, la mirada que contempla en vano lo que le rodea.
Como en otras ocasiones, tengo la sensación de que no voy a volver a este lugar, que tengo que llevarme algo más que una imagen. No puedo sino aspirar el aire que envuelve este lugar, ese olor denso a flores amarillas que, colgadas como guirnaldas, sostenemos en nuestro cuello y, con ello, sentir cómo crece un sentimiento de respeto por todo aquello que desconozco, por las creencias que han hecho vivir a muchas generaciones de gente humilde, personas que espero hayan alcanzado, tras su muerte, la misma gloria y bienestar que los poderosos que se permitían palacios privados en base al sudor y la vida de otros muchos.
No sé si siempre, pero ahora puedo afirmar que esa mirada del miedo que quiere imponer el silencio, al menos a mí, me contempla en vano.


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