ENIGMAS: EL DINTEL DE LA HISTORIA Y DEL ASOMBRO

EL DINTEL DE LA HISTORIA Y DEL ASOMBRO 

 




Porque estamos enzarzados

en mundo, sarmentosos

de historia acumulada.

Jaime Gil de Biedma: Amistad a lo largo (Ayer)


Acuarela: José Zamarbide



Es primavera de 2017 y paseo por el interior del monasterio de San Millán de Suso, en tierras hoy riojanas que antes lo fueron de Navarra. Para nuestro gozo, el tiempo y el arte son más fuertes que las fronteras y las limitaciones.


Estos arcos mozárabes que contemplo desde mi mudez, son un centro radical de nuestra historia, de nuestra cultura. Su origen viene de la construcción de este monasterio, después de haber sido transformado el lugar en un cenobio visigodo.


Antes, mucho antes de estas obras, sobre este suelo, habitó el eremita Aemilianus.


El periodo que va del siglo VI al XI, fue el espacio temporal más creativo del lugar: allí aparecieron las primeras señales escritas en castellano y en euskera; allí habitó el gran poeta Gonzalo de Berceo; allí se enterraron, al amparo de la roca, los restos de varios ermitaños -entre ellos, San Millán de la Cogolla-; allí permanecen los sarcófagos que acogieron los cuerpos de reinas de Navarra, de infantes y caballeros, tumbas que respiran honores.


En el tiempo todo se diluye, el honor y las culpas.


García Sánchez I, primer monarca navarro que se aposentó en Nájera, consagró este monasterio que, algo más tarde, fue pasto de las llamas de la mano de Almanzor.


Yo, que me achico hasta desaparecer de mi entorno, piso con suavidad este suelo, hecho de cantos rodados grises y ladrillos rojos que conforman dibujos ahora conocidos como la alfombra del portalejo.


No me elevo del suelo, pero casi. Me siento profundamente atraído por estos arcos abiertos que conducen a espacios sagrados.


El silencio no solamente me acompaña, me tiene atrapado, ausente, me transporta al pasado.


En pocos sitios me he sentido tan asediado por la historia. En pocos lugares, esa historia que cuentan estos muros me ha sido tan cercana; y en pocos me ha inoculado el asombro y el respeto que hoy siento.


Como un alma expectante, paso bajo estos arcos hasta llegar a la pared del este, orientación que le dio a la iglesia Sancho III el Mayor de Navarra.


No llueve, pero me siento empapado de los susurros que las piedras y el agua traen del pasado.


Estos arcos y estas paredes son algo más que una reliquia. Son el espacio en el que perderse para volver a encontrarse, para reconciliarse con los orígenes –cercanos al fin y al cabo-. Son los lugares para buscar voces perdidas, voces llenas de sabiduría.


Estos muros me dejan sumergido en la riqueza de todas las culturas que, en paz o en guerra, hollaron esta tierra.

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