EJERCICIOS DE TALLER: MIS TRES.
MIS TRES
1 LA IGNORANCIA
Imagíname lagarto, atento, nervioso, sin posibilidad de mimetizarme con el paisaje que me rodea: mi verde brillante contra el ocre y la arena del desierto. El pensar no es una mis señas de identidad. Igual es que me gusta llamar la atención de otros agresores, igual deseo que me devoren, que quiebren mis huesos con dientes más poderosos y hambrientos. El hambre justifica casi todo.
No creo que haya que decirte que me gusta el sol castigando mis lomos durante horas, aunque sus rayos no consigan calentar mi sangre; tampoco que exhibo con coquetería las manchas azules sobre mi piel esmeralda; que no sé si busco, pero normalmente no encuentro y lo que encuentro siempre me parece insuficiente.
Sabes que me deslizo sigilosamente sobre los muros de adobe, siempre a la espera de una víctima más débil que yo, es mi ley de vida. Tal vez no sepas que se me escapan muchas, debo ser torpe, muy torpe, pero ahí sigo, diría que persevero. Tal vez sea una constante en mi vida, perseverar sin conseguir mucho.
Sigo los rastros solo, duermo solo, busco mi madriguera y la encuentro vacía, ¿será que me respetan o, tal vez, que nadie me valora? No soy consciente de ello ni de lo contrario.
“Vacío” y “alerta” permanentes son mis compañeros, pequeños cambios en el estado del aire que intento identificar, que me señalan caminos que no me llevan a destino alguno.
Esta mañana he conseguido atrapar algunos gusanos, algunos insectos, y me he tendido al sol digiriendo mis presas, adormilado bajo el sol y la pesadez de mi estómago, algo expuesto, pero atento, con un ojo cerrado y otro abierto.
He procurado buscar un lugar retirado, algo próximo a una franja de tierra oscura por la que caminan, haciendo ruido, demasiado ruido, grandes bichos en los que se reflejan los rayos de mi amigo, el sol. Nunca se detienen, caminan muy rápido, algo impensable para los de mi especie. Yo, por prudencia o por cobardía, nunca me he atrevido a cruzarla.
En ese acercamiento, he tenido que ir buscando grietas bajo las piedras para poder esconderme de algún pariente de mayor tamaño que estuviera hambriento y quisiera engullirme con el regalo de mis capturas del día.
Hace muchos días y muchas noches que no cae el agua sobre las tierras que habitamos, pero me las apaño para subsistir; todavía tengo reservas para aguantar unos días.
Lo que más temo son las serpientes. No tienen alma. Se acercan con sigilo y tengo que estar muy atento para no acabar engullido cada día. Creo que alguna serpiente me ganará la batalla un día de estos y no puedo imaginar lo que será de mí tras ser tragado por ella. ¿Estaré confortable o pasaré frío?
Hoy estoy contento, presiento que va a ser un gran día. Tengo una gran curiosidad por esos bichos enormes que pasan por esa línea oscura que tengo frente a mí. He pensado en acercarme y observar sus reacciones cuando pasen y me vean sobre ese suelo oscuro, con mi piel brillando al sol. ¿Se quedarán asombrados, maravillados acaso?
Hecha ya la digestión de mi comida de hoy, me he acercado a esa banda con un movimiento de zigzag hasta asomarme a ese suelo desconocido para mí. Me he colocado bien adentro y he esperado. El sol seguía calentando.
Ahora se acerca con rapidez un bicho grande, oscuro. Cuanto más se acerca, más grande me parece. Estoy esperando su reacción cuando me vea.
2 EL REGALO
Cada primavera busco la luz, trabajo con intensidad al recibir los primeros rayos de sol para asomarme a la superficie de la corteza de mi cuerpo.
Soy parecida a mis hermanas que me precedieron, pero no soy la misma. Soy coqueta y me gusta observar mis pequeñas diferencias.
Cuando rompo la corteza y me asomo a la luz, exhibo mis colores suaves, botones verdes que acompaño de flores atractivas. Una vez abierta, me ofrezco a los insectos que me polinizan mientras se impregnan de mis colores y mis aromas.
Tengo la sensación de ser partícipe de una fiesta colectiva. Otras que comparten mi género, también se abren camino hacia la luz, con diferentes tonos y diferentes flores, pero me siento la reina, lucho por serlo.
Mis hermanas y yo chupamos la savia, bebemos de las raíces, crecemos y crecen nuestras flores que, poco a poco, van desprendiéndose de las hojas. Del centro de las flores desnudas, surge el fruto que queremos ofrecer sin pedir nada a cambio, solamente unos pequeños cuidados hasta que ese fruto esté en sazón.
Van pasando los días y observo que voy consiguiendo mi objetivo, el fruto va tomando forma y color, crece, se adivina lo que será. Cerca de mí, otros frutos sonríen despreocupados. Somos muchos.
Hoy, a media mañana, se ha acercado ese ser diferente a nosotros que se mueve a nuestro alrededor mientras nosotros estamos quietos. No entiendo lo que hace ni los motivos que le guían, mientras va quitando frutos como el mío y los arroja al suelo. Parece que algunos de nosotros no le gustamos.
¿Puedo hacer algo? ¿Puedo avivar mis colores? ¿Puedo esconderme tras una hoja? Tiemblo.
Se acerca y, de pronto, siento sus extremidades posarse sobre mí. Tiemblo más.
3 EL CICLO PERMANENTE
Ayer no tenía mucha confianza en mí mismo, no conseguía cerrar ningún asunto con satisfacción. Hoy tampoco. Y tampoco la semana pasada y mucho menos el mes anterior.
Intento salir de ese bucle, pero me cuestiono demasiado, me analizo, me critico, me juzgo y me condeno. Asumo la culpa y la instalo en mis entrañas y en mi mirada. Vivo con ella. Creo que ella se siente más satisfecha conmigo que yo con ella.
Algunas noches, la ansiedad que me provoca el no ser lo que debería ser me despierta a horas demasiado tempranas y me resulta difícil volver a conciliar el sueño.
Me levanto cuando ni siquiera apunta la luz, paseo, tomo un vaso de agua, pero sigo enredado. Intento hacer propósitos para darle la vuelta a la situación. Quiero creer en mí mismo. Pienso que tampoco soy tan inútil. Me animo y me imagino un futuro más o menos inmediato que se parece a una situación feliz. Confío en ella. Al rato, desisto, me parece demasiado ambiciosa.
Hago planes a más corto plazo, para el día que esta a punto de asomar. Cuando parece que estoy a punto de conseguir cerrar algunos, me duermo y todo desaparece.
Cuando despierto, se me aparece en primer lugar el ser responsable que llevo dentro y que no me ayuda nada. Necesito salir a la terraza, contemplar los árboles, el verde del césped, la silueta de los montes y encuentro el punto de fuga. Mi ánimo se expande, se vuelve confiado, comienzo a creer en mí.
Tampoco es para tanto si examino los planes que tengo para el día, nada importante, nada brillante, poco más que sobrevivir. Todavía sigo preso del desaliento, pero me dejo llevar por el verde que se extiende ante mis ojos, me deslizo entre los árboles, acaricio las hojas y vuelve la vida.
Pienso en la suerte que tengo de poder ver, solamente ver, más cuando veo lo que veo, la naturaleza en exuberancia de vida. Pienso en mi respiración, que aguanta mi vida. Pienso en la sensibilidad de mis dedos, en el paseo que voy a iniciar en pocos minutos por parques y riberas del rio. Pienso en el libro de poemas que voy a leer mientras camino. Pienso en el vino que tomaré con la comida, en la compañía de mi pareja, en la llamada de mis hijos, en los mensajes y las llamadas de los amigos, en la novela que estoy leyendo y que me hace vivir otras vidas y la mía propia, pienso en la película que tengo intención de ver esta tarde, en la música que escucharé y en la cerveza que tomaré con un amigo que sea cercano y reafirme mi propia existencia.
Pienso que todo está bien, que tengo demasiado, que vivo … y sonrío … feliz diría yo.
Pamplona, junio de 2025
Isidoro Parra.

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