EJERCICIOS DE TALLER. LA DUCHA




LA DUCHA


Las agujas del reloj debían bailar alrededor de las doce del mediodía de un sábado de un mes de julio caluroso. A lo largo de la mañana, desde muy temprano, habíamos estado limpiando la casa, las telarañas visibles y las no tanto, haciendo las camas para recibir a nuestros amigos, fregando los suelos, limpiando los cristales, más o menos lo que he venido escuchando toda mi vida a muchas mujeres de nuestra tierra: dándole vuelta a la casa, dejándola presentable, no sea que se vayan a pensar que somos un poco espesos.


También ha quedado tiempo para el porche, para barrerlo, para fregarlo con lejía y crear una sensación de limpieza terapéutica, colocar y extender la sombrilla para conservar algo de sombra, que es la función de las sombrillas, creo, y colocar el mobiliario de jardín en su sitio y las hamacas colgadas entre los árboles.


A media mañana le ha llegado el turno a anticipar algunos de los platos que pensábamos servir al mediodía. Hemos caramelizado los pimientos; hemos preparado la masa para la tempura; se han triturado los tomates y preparado el salmorejo para que diera tiempo a enfriarlo en el frigorífico; las setas, ya descongeladas, han soportado la temperatura del aceite con los ajos picados y las hierbas aromáticas, hasta dejarlos listos para calentar y revolver con los huevos; las pochas se han ido cociendo bajo la atenta mirada de T; todo mientras el pescado aguardaba en la nevera hasta que llegara su turno, a última hora. También ha quedado tiempo para hacer un flan exquisito, lo digo por la pinta que tenía cuando lo hemos desmoldado y el caramelo lo bañaba como una cascada amable, acariciadora.


Con esos antecedentes, viendo que se aproximaba la hora en que podían llegar nuestros amigos, ha llegado el momento de dedicarle algo de atención al aseo personal. Con esa intención me he dirigido a la ducha que tanto reclamaba mi cuerpo y precisaban mis humores.


El plato de nuestra ducha es amplio y seguro. Tiene los suficientes relieves como para frenar cualquier amago de resbalón o desequilibrio. Invita a invadirlo y pisarlo con decisión. En contra de esa sensación de seguridad, la salida del plato se hace a una superficie cerámica llena de trampas: el brillo que le dan las salpicaduras de agua te invita a pisarla, pero oculta aviesas intenciones en su superficie. Para evitar problemas, tenemos por costumbre colocar ahí una alfombra de tejido de toalla que amortigua y acoge nuestros pies al salir de la ducha. Hoy, sin ir más lejos, no estaba, pero no le he dado importancia: tenía tanta necesidad de remojarme y el tiempo apremiaba, así que no he “perdido” tiempo en buscarla o colocar otra protección en su lugar.


Recuerdo que me he demorado bajo el agua que caía sobre mi cuerpo. Necesitaba limpiar mi piel y relajarme, bajar la temperatura del cuerpo que la intensa actividad me había producido. Recuerdo también que los últimos minutos de la ducha han sido con agua fría para tonificar mis piernas y relajar la tensión de la piel.


El último recuerdo que tengo es de ingravidez, de sorpresa y, por qué no reconocerlo, de miedo. Mis pies han ido más deprisa que la voluntad y los ojos han dejado de ver las cosas en su sitio habitual.


Silencio y abandono.


No sé dónde estoy ahora. Está todo oscuro. No veo nada. No oigo nada. No puedo moverme. Es algo muy extraño.


Pienso en varias posibilidades: una de ellas es que haya recibido un golpe importante en la caída y haya pasado a mejor vida, como dicen, pero no me cuadra. Nunca he creído que existiera vida después de la muerte y si estoy pensando lo que estoy pensando, no debería ser menos cierto que algún órgano de mi cuerpo está funcionando. Si no fuera así, no podría pensar en si estoy o no estoy fiambre. 


De todos modos, si estuviera mojamo, me imagino la situación que se estará viviendo en mi casa. Los amigos habrán llegado y se habrán encontrado a T desesperada, aterrada, llorando, gritando desconsolada -¿o no?, quién sabe-.


Todos -hasta la propia T- se habrán olvidado de si la casa está o no limpia, de si se ven o no telarañas, de si el porche huele bien, de las comidas que siguen haciéndose a fuego lento -de hecho, las pochas tienen muchas posibilidades de acabar quemadas y en la basura-, de si hace calor y si se habrán olvidado de meter cervezas a refrescar.


El ambiente será una contradicción entre ir y venir, llamar o no y a quién, llorar o relatar, intentar entender u olvidarse de cualquier explicación. La única ventaja que es que habré pasado a ser el mejor esposo y el mejor amigo. Nadie se acordará si el pescado se perderá o hay que congelarlo.


Ahora quiero recordar que no he metido el vino blanco y el rosado a enfriar. ¡Que se jodan! Así se irán dando cuenta del vacío que he dejado.


De todos modos, me estoy pareciendo demasiado frívolo con estos pensamientos en mi cabeza cuando debería estar pensando en algo más serio y consistente, como en si existe o no vida más allá de la muerte, en si camino hacia arriba -hacia el cielo, se supone- o hacia abajo -hacia el averno-. Si estoy muerto, este es el momento de recordar el pensamiento que nos ha recorrido a lo largo de la historia. Por ejemplo, se me caería Séneca, a quién tanto he admirado. En realidad, la existencia de algo tras la muerte sería una traición a mi pensamiento de toda la vida. Acabo de pasar de estado y bofetón en toda la mejilla, ¡por idiota! Con lo cómodo que hubiera vivido estando de acuerdo con T, como uno más del rebaño.


También pienso si estas ideas pueden ser el eco de lo vivido hace unos instantes. Si es verdad lo que dicen de que algunos sentidos se conservan durante unos minutos tras pararse el corazón, es posible que esté sintiendo todo esto en ese limbo transitorio de camino a la pérdida total de los sentidos y que todo esto que siento y pienso, dentro de unos minutos haya desaparecido por completo, que todo se haya perdido en un vacío profundo de negrura y silencio.


Tengo que pensar en otras posibilidades.


Hurgando y hurgando -en este caso, no en los mocos de la nariz- pienso que tal vez no haya muerte y esté en un estado comatoso -vale la coma, pero no toso-. El golpe ha podido ser fuerte y ha inducido un coma involuntario en el que puedo pensar, pero no puedo comunicarme con nadie, no tengo movilidad, pero si es así, mi sangre debe correr todavía por mi cuerpo y éste no habrá comenzado a enfriase. 


Voy a callarme un poco para intentar escuchar algún comentario de T y los amigos que han llegado para ver si hablan algo sobre si respiro o no. 


Parece que no se les ha ocurrido tomarme el pulso ni poner la mano sobre mi corazón -en esta ocasión, no por detalle ni amor, sino por saber si estoy p’alla o p’aquí-, ni tampoco poner ante mis narices un sencillo espejo para ver si se empaña o no.


Solamente les oigo hablar de llamar a la policía, al médico, a urgencias o a los hijos y allegados.


La verdad es que me tienen confuso, aunque yo tampoco ayudo mucho.


Podría ser, de todos modos, que estuviera en un estado de ese tipo, se llame como se llame, en el que parte de mí está ausente y otra permanece presente, espiando. Eso justificaría que esté pensando en todo esto, dado que el devaneo continúa sin que sienta la pérdida de la intensidad de mi miedo y de mi ignorancia. Esto me va llevando a descartar la primera de las opciones, la de la muerte no deseada.


Además, la mente se me va por momentos a otros pensamientos no relacionados directamente con lo sucedido. ¿Qué harán con el pescado? ¿Se habrán quemado las pochas?


Por otra parte, esta situación trae aparejada una cierta e inesperada comodidad. Estoy aquí, quieto, parece que tumbado en el suelo de la ducha -lo digo porque siento la frialdad en mi piel-, pero no me encuentro mal. Ahora tendría que estar trajinando en los fogones, abriendo botellas, preparando el aperitivo. ¡Que les den!


Por otra parte, esta es una situación en la que puedo sentir también que lamentan mi supuesta partida. Lo que no estoy tan seguro es si lo hacen porque piensan que ya no se podrán beber mis vinos o porque realmente me extrañan. Tal vez, alguno se esté planteando por qué no me dijo en aquel momento lo que quería decirme. Ya no tendrá oportunidad.


Me voy convenciendo -o es que quiero hacerlo- de que no estoy muerto. Me despista que no siento dolor alguno y con el tortazo que he debido darme debería sentirlo en alguna parte de mi cuerpo. 


Comienzo a preocuparme por si me he roto la columna vertebral y eso me impide sentir dolor. Si ha sido así, no estaría muerto, pero igual es peor. Empiezo a imaginarme en una silla de ruedas para toda la vida, paseado por las calles de Pamplona por una persona extraña, contratada para sacarme de casa y aliviar las obligaciones de T, con una bolsa colgando para almacenar mis deposiciones -líquidas y sólidas-, observando cómo pasa la gente que me conoce. Algunos se detienen a mi paso y me dirigen algunas palabras de consuelo y falsa afectividad; otros -no sé si porque no se atreven a hablarme o por evitarme un trago- se hacen los despistados mirando al cielo cuando siempre iban mirando al suelo.


Estoy confuso, pero no puedo hacer nada para aclararme.


Pienso que estaré desnudo y espero que -por mi honor- T me haya cubierto con una toalla o alguna sábana.


Escucho y parece que llega gente. Hay gritos perentorios solicitando ayuda. Noto que alguien toca mi cabeza y me aplican instrumentos para analizar mi situación. 


Hay gritos y llantos en respuesta a la intervención de los expertos que supongo han llegado.


De pronto, todo se va desvaneciendo y pierdo el sentido. Me voy yendo. Me alejo con calma y sin dolor. Pienso que la muerte no es tan grave y, mucho menos, dolorosa. Casi la siento como un alivio.


Adiós …





No sé cuanto tiempo ha pasado, Me despierto en la cama de un hospital. Tengo la pierna izquierda elevada sobre el nivel de la cama, rota. Siento una pesadez en mi cabeza. Intento tocármela -la cabeza- y mis dedos se topan con un vendaje que me rodea el cráneo y la sangre late con intensidad en mi cráneo.


Parece claro que no me he ido. Ahora queda la realidad, el dolor, la recuperación, las visitas, la ausencia de vino, la rehabilitación, el tedio y la escucha repetida miles y miles de veces de lo acaecido, historia que irá cambiando con el tiempo al irle añadiendo matices y detalles que nunca se produjeron.


No tengo claro si me he salvado o he perdido una oportunidad de salirme de la vida.



Agosto de 2025.

Isidoro Parra.

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