LA CARICIA DE LA HIEDRA

 LA CARICIA DE LA HIEDRA

 



… y allí tú

iluminaste con tu amor la vida,

poniéndole mayúsculas a todo.

Miguel D’Ors: Calle del comercio (Sociedad limitada)


Acuarela: José Zamarbide.


Recorro Pekín en este año de 2010.


En esta ocasión, no me he detenido ante la puerta más llamativa, ante la más elegante o la más especial. En este pasar, mi mirada se ha quedado prendida de esta imagen de una puerta cerrada, casi oculta, con apariencia de humildad pero con un punto de orgullo, de esa altivez que dan la solidez y la discreción.


Es una puerta simple, de dos hojas metálicas cuyo único ornamento son dos pequeñas aldabas con cabeza de dragón y un pomo cuyo brillo contrasta con el color más apagado de los dragones.


Mirándola de frente, en el lado derecho, un buzón múltiple me habla de la vida del interior.


La limpieza del suelo pone de manifiesto también la vida, las presencias que salen y entran, que aman y cuidan la entrada a su hogar.


Me imagino que en la casa que se oculta tras la puerta viven personas que aman el latir de la sangre y el color de las sonrisas. No puedo entender de otra manera la presencia de esa hiedra que cuelga desde la parte superior de la tapia y que desciende hasta el suelo, como una caricia que se hace más íntima con el silencio que rodea la vivienda.


Esa hiedra ha conseguido elevar la importancia de la puerta y envolverla en un aroma de misterio, de secretos sencillos, del hacer de cada día. 


El contraste del verde vegetal y el óxido metálico componen, de una forma sencilla, esta imagen de vida que respira.


No veo materiales nobles, pero no los echo en falta.


El conjunto tiene el equilibrio de una garza en medio del estanque, su ligereza, la quietud del que sabe, como dijo Machado, que, si espera, será suya la victoria.


Cuanto más la miro, más me envuelve su mudez, más paz me aporta y más amplia  hace mi sonrisa.


No siendo mi primer viaje a esta ciudad, me sorprendo ante la convivencia de la urgencia y la calma: la urgencia de levantar el último rascacielos, el más alto, y la calma de la permanencia de la tradición, de la cultura recibida.


Me pregunto hacia dónde nos lleva esta carrera y qué quedará de cada lugar y de cada uno de nosotros que nos haga identificables en un futuro, que nos haga ser recordados.


En el caso de esta puerta, la tradición le gana la partida a la innovación. En mi caso, será bastante si permanezco en el recuerdo de los que ahora me quieren. 


De momento, las palabras de Miguel D’Ors y esta puerta iluminan este instante de mi vida poniéndole mayúsculas a todo.

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