CARTA ABIERTA A HUGO MÚJICA, 3


CARTA ABIERTA A HUGO MUJICA, 3


Buenos días, Hugo.


Aqui estoy, dulce y profundamente vencido después de acabar de leer tu último poemario publicado: “Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras”.


Su lectura ha servido para traer a mi memoria tu estilo de siempre, sutil, afilado e íntimo, un regalo de la observación más aguda.


Al mismo tiempo, he percibido ligeros cambios en el modo de hacer poesía por tu parte.


Parece que los versos estiraban de tu mano para alargar un poco los versos, como si necesitaras contar más de aquello que había despertado tu atención. Hasta me he asustado cuando he visto que, al principio de algunos poemas, perdías el orden de quebrados y desplazamientos que te caracteriza.


De todos modos, si en este poemario has mejorado algo, es en la profundidad y limpieza de algunos sentimientos, en la admiración de la rosa, en la observación de la caída de las hojas y sus significados.


La luz, las sombras o su no presencia, el alba y el silencio componen ese primer poema que nos habla de quietud y posicionamiento frente a la levedad de la belleza.


En este caso, los ríos, sus aguas, sus luces, sus ondas y la hermosura que todo ellos respira han pasado a ocupar un lugar esencial pero, ¿cómo no entenderlo, si un río te puede arrastrar en el rumor de sus aguas?


Plenitud y vacío, decir palabras que se callan para revelar el silencio, en un poema lleno de invitaciones a la reflexión más personal.


En otro, la vaguedad de no tener alas ni trino aunque te conviertas en pájaro, un mudo donde vivir el desvarío, el deseo o el milagro.


Se puede decir con más palabras, pero no mejor que ese final de poema en el que identificas, entre el miedo y la esperanza el temblor de la vida, la ternura de lo frágil.


Me gustaría soñar mi alba, como dices en un poema, pero no sé si sueño con ella o con mi puerto.


Supongo que para escribir ese poema sobre la rosa, te habrán herido más que una espina, pero tal vez sea necesario sangrar para sentir.


Me ha encantado la imagen de identificar la caída de una rama, su crujido, con todas las partidas.


Llorar ante la magnificencia de un rojo atardecer mientras escuchas el gorjeo de un pájaro no exige menos que el llanto.


No me parece mal tenderse en el lecho seco de un río para mimetizar en él el reflejo de mi nostalgia.


Así, página a página, verso a verso, he recorrido mi propia vida, con la humildad del reconocimiento, ayudado por tus palabras.


Gracias una vez más.


Pamplona, marzo de 2026

Isidoro Parra

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