DESAMPAROS Y RESCATES: LA SOLEDAD DEL EVENTO

LA SOLEDAD DEL EVENTO

 


Podríamos decir que hoy es un día espléndido. El sol no solamente nos acompaña con esa luz que hace visible todo lo que nos rodea. También calienta nuestra piel, sin que la temperatura lo haga molesto. Podríamos decir que es un día para llenar el aire de alabanzas.


El escenario por el que nos movemos evoca tiempos pasados, escenas y muros que nos recuerdan a otros pueblos que, durante muchos años, gobernaron estas tierras y, en estos  espacios, escuchaban el leve rumor de las fuentes y recitaban poesía mientras las cuerdas regalaban sus notas musicales a los invitados y el aire se entretenía en silencio entre los naranjos.


Se quemaban lentamente perfumes y el azahar llenaba todos los sentidos.


En medio de esta evocación, que vuela hacia mi imaginación, me identifico con todos los espacios menos con las almenas que coronan los muros, con sus pasillos desnudos y desprovistos de toda vegetación. Tal vez sea porque su imagen trae con ella recuerdos de violencias, de ataques y defensas. En ellas no se da la sutileza de los jardines ni del agua. Estos estaban hechos para la vida y aquellas para la guerra.


Muchos siglos después, estamos aquí, rodeados de movimiento y expectativas, probando vinos dulces y generosos del mundo entero, aprendiendo la cultura y el misterio de los caldos que nos regalan la uva Palomino y la Pedro Ximenez.


Si te detienes un momento, que no es fácil, puedes observar, al menos, tres presencias diferentes.


Por un lado, están los trabajadores que hacen que todo esto funcione, los que limpian, los que montan y desmontan las instalaciones móviles, los que acarrean cajas de vinos, de copas y de alimentos, los que controlan entradas y asistencias, los que se encargan del sonido, los que atienden mostradores de ventas, todo un ejército que, por unos días, permite que este proyecto funcione y sea una realidad. Cumplen su cometido con una sonrisa y con la diligencia que facilita el entusiasmo. El evento está comenzando y los organizadores esperan mucho de estos días. La ilusión de la apertura pone alas en los pies y las manos. Los uniformes limpios, la sonrisa en los labios.


De otro lado, los que exponen sus vinos, los que dan a conocer sus productos o los que los recuerdan para que sepamos que siguen estando ahí, los que intentan hacer nuevos clientes, expandir su negocio, crecer en volumen o en calidad, en prestigio.


Los que no necesitan más reconocimiento, aprovechan la ocasión para agradecer a su clientela, amigos y grupos influyentes, su presencia y apoyo, porque estar siempre hay que estar. Si no se está, la gente se pregunta si has desaparecido.


Esta labor, profesional y delicada, también la hacen empleados de los bodegueros, permanentes en este caso, fieles a los colores que defienden. Son días de ilusión y crece el sentido de pertenencia.


El aire de este alcázar se llena de canciones que nos acompañan y crean el ambiente adecuado, aunque sea una música que nada tiene que ver con el rasgueo de unas cuerdas solitarias, con unos dedos que dejan su aliento en cada roce.


En último lugar, los visitantes que llegamos a disfrutar del evento, los que lo hacemos por primera vez y los ya experimentados, los repetidores, dicho en el buen sentido de la expresión.


Los ya veteranos y conocedores del evento y sus productos, pisando seguridad y desparpajo, buscando con intención, y los novatos, perdidos y algo ignorantes. 


Los primeros se mueven con soltura, pisan territorio conocido, saludan a amigos y conocidos. Gracias a ellos, los primerizos podemos vivir nuevas experiencias en los stands a los que nos acercamos, en los que alargamos nuestras copas para catar la gama de cada bodega.


También gracias a ellos, podemos conocer el interior de algunas bodegas, adquiriendo unos mínimos conocimientos que nos ayudan a apreciar el nacimiento y evolución de los vinos, hasta que se hacen adultos y adquieren esos tonos de amarillo oro o la untuosidad de los tejas y tostados profundos.


Vemos que se preocupan por nosotros, que nos ceden parte de su tiempo para hacernos la visita más interesante y agradable. No hay egoísmo en demostrar su conocimiento. Su tiempo y su saber son un regalo para nosotros.


Los nuevos en el lugar, somos como veletas que mueve el viento, vamos allí donde nos llevan, como pollos descabezados, intentando acercarnos a lo nuevo, a lo desconocido que, a veces encontramos y a veces no.


Estaríamos perdidos si hubiéramos venido solos, sin los amigos, casi ya expertos, que nos llevan de un entorno a otro, de oferta en oferta, de explicación en explicación.


En algunos momentos, conocemos a gente que no volveremos a ver en nuestra vida, una experiencia que no estorba, pero que nada aporta.


Asistimos a demostraciones y charlas que nos ayudan a diferenciar variados tipos de vinos, matices que les da el tiempo y los cuidados expertos, maridajes de esos vinos con alimentos especiales de estas tierras y estos mares.


Hay momentos en que un vino toca un resorte en nuestro paladar, nos sorprende y nos identifica con un caldo concreto y nos parece que hemos dado un paso adelante en el conocimiento de esta maravilla.


Hemos entrado en un mundo nuevo que el tiempo dirá si incorporamos o no a nuestros hábitos cotidianos.


Lo que se nos ofrece, la posibilidad de conocer un mundo nuevo de sensaciones, cuya riqueza y singularidad son incuestionables, nos supera.


Pasadas las horas, a fuerza de probar y más probar, nuestro cuerpo se satura, se cierran los sentidos y pensamos que hay que parar.


Y en medio de esta experiencia, de la alegría, la compañía y la belleza, llega el zarpazo de las sombras y las dudas, el de la soledad acompañada.


De pronto, te detienes al darte cuenta que el suelo se mueve bajo tus pies. No sabes por qué, pero ha llegado la tormenta. 


Y te pones a pensar.


Yo he elegido venir, he querido conocer estos vinos y vivir esta experiencia, nadie me ha obligado, pero eso no me impide preguntarme si este es mi sitio, el lugar y la experiencia en los que quiero estar y surge la pregunta: ¿qué hago yo aquí?


Para mi, la soledad total no es un problema, por el momento, pero la acompañada golpea con más contundencia, te deja desnudo de todos y de ti mismo, te abandona en medio de un desamparo en el que no vislumbras luz, solamente noche.


Sientes que quieres volar lejos de allí, buscar un cobijo personal, íntimo, y dejar que el tiempo pase, en silencio, sin nadie que te rodee, concentrándote en esa sensación de injustificado abandono.


Intentas buscar una explicación y vuelves y vuelves a esa sensación de no pertenencia, sin que puedas identificar a nadie al que responsabilizar. Todo es tuyo y solamente tuyo, la decisión de venir y la de darte de bruces con la realidad de la ajeneidad.


Además, eres consciente de tu debilidad que no quieres mostrar porque, entre otras cosas, nadie se merece que le amargues su buena voluntad. Por eso, intentas que no se note y, tal vez, se hace más evidente.


Como siempre, pasadas unas horas, te pones a trabajar esa oscuridad, intentas abrir grietas en ese negro muro, dejar que entre la luz y la esperanza.


Pico y pala, pico y pala.


En este caso, tengo en quién apoyarme, una compañía que me permite pensar en la trascendencia y amigos que me estiman.


Ellos son mi rescate, pero el zarpazo deja su huella sobre la que habrá que recapacitar.


Nunca fiando totalmente de la alegria.




























 

Comentarios


  1. Otra vez me sorprende más lo no escrito, aquello que se deja intuir levemente, que se muestra como una sombra de lo que está surgiendo. Lo que parecía una clásica experiencia enológica termina siendo una oportunidad para tocar levemente lo existencial, sutilmente... Lo superficial adquiere de repente en dos párrafos toda la profundidad, pero ahí te deja, más con ganas que con respuestas. Gracias por compartir y un abrazo. Alberto

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  2. Intento no alargarme porque en la extensión puedo encontrar mi calvario, mi enredo y la pérdida de no saber llegar. Gracias por tu comentario.

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  3. Y de nuevo observas con precisión de cirujano, y comparto con Alberto que hay más no escrito, que se deja intuir... y mencionas pico y pala y el rescate del apoyo de aquellos que te estiman, algo que el desamparo de la soledad tantas veces se nos olvida solicitar.
    Nuevamente gracias, Isidoro.

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  4. Has incluido, Juanpe, una palabra que encierra muchos significados y actitudes: la de solicitar el apoyo que necesitas. Ojalá nos olvidáramos de prejuicios y vergüenzas y lo hiciéramos con naturalidad y siempre que lo necesitemos.

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