ENIGMAS. LA LIBERTAD DEL GATO

LA LIBERTAD DEL GATO

 




Todos conocen la utilidad de lo útil, más ignoran la utilidad de lo inútil.

Chuang Tzu


Acuarela: José Zamarbide.


La imagen que se planta frente a mí, quieta y silenciosa, en este Pingyao del año 2010, es una mordaza contra cualquier esperanza.


Su paleta monocroma, gris oscuro, acompañada por el gris algo más claro de los ladrillos que han construido esa pared y con el solo detalle blanco del escalón que nos permite acceder a la puerta, flanqueada por esos dragones también blancos, casi impolutos, bloquean cualquier reflexión inicial.


Mi mente se atora buscando salidas, ventanas que me hagan ver el aire, cualquier detalle que suavice el impacto.


Solo encuentro palabras duras: cárcel, prisión, reja, muro, tapia, muralla, holocausto, condena, son las imágenes que acuden a mi mente.


La falta de esas señales que indican la existencia de vida ciega mi mirada y todo se convierte en gritos apagados, en lamentos silenciados.


Cerrado a cal y canto, dirían mis mayores, sin oportunidades de abandono, de huida.


Si esta puerta, que podría ser bella, se abriera un día, me imagino un desierto de arena gris tras ella, un paisaje lunar sin alma.


Me niego a abandonar esta imagen sin encontrar signos que cambien mi visión. 


Recorro y recorro la fachada con mi mirada y, al final, a punto de abandonar, observo ese pequeño hueco cuadrado, a la izquierda de la puerta, sin nada que impida  atravesarlo, salvo su tamaño.


Es el único hueco por el que respira esta casa y esta puerta. Es el único punto de fuga. 


Y a él me aferro. Lo observo y me imagino saliendo por él al gato más gordo y más perezoso, sin prisas. Acostumbrado a encontrar una mano que le dé de comer, sabe que va a encontrar abierta su puerta para volver, si así lo desea.


A la vista de los que habitan al otro lado del muro, es el único ser que puede sentirse libre tras estas paredes, tras esa puerta cuidada, sólida, gris, oscura, nada amable.


No es mucho, pero imaginarlo despierta la esperanza de que la vida fluya por este muro de silencio y lejanía.


Al dejarlo atrás, echo agua fría sobre mi mente y mi mirada, intento pasar página.


Así de fácil se abandonan algunos pensamientos.


Me quedo con el de Tzu y no sabiendo ver la utilidad de todo lo útil, me refugio en la contemplación casi inútil.

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