ENIGMAS. DE HOY Y DE SIEMPRE
DE HOY Y DE SIEMPRE
Estos líquenes son lo que no se comprende,
Más belleza sin eco para el mundo.
Antonio Cabrera: Líquenes (Con el aire)
Acuarela: José Zamarbide.
Tongli y sus humedades oscuras. 2010.
Casi ocultas en medio de esa exuberante vegetación que las rodea, agobiadas por el calor y los olores blandos, estas puertas conviven desde sus diferentes orígenes y motivaciones.
La lluvia de muchos días ha recorrido mansamente o con ánimo agresor, esos tejados y esas paredes, para dejar en muros y puertas un color difuminado en oleadas, negro sobre el blanco, gris que aflora desde el negro uniforme.
Son los colores del deterioro, de la decrepitud.
Ahí, en comunitaria compañía, conviven la puerta sencilla, actual, que sirve de acceso al patio o huerta que ahora cuidan unas manos de estos tiempos, con la puerta redonda, construida en su día, hace más tiempo, en recuerdo de la luna y que, seguramente, daba acceso a un jardín más cuidado, a algún lugar de meditación o de reposo.
Nada tiene que ver un estilo con el otro. Todo es dispar, como la realidad y el deseo que cantó el poeta.
La puerta redonda permanece cerrada, manteniendo el tejado de viejas tejas grises, con sus grabados de dragones y animales fantásticos. En otros tiempos, su umbral fue cruzado por pies ligeros que buscaban la frescura y el canto del agua de algún jardín minuciosamente elaborado, siempre encontrando la paz en el silencio que flotaba entre cañas y arbustos. Hoy, en este Tongli de 2010, las cañas solo se vislumbran tras esa puerta cerrada, enmudecida.
A su lado, la puerta de estos días solo pretende ser funcional, permitir un acceso sin pompas ni boato alguno. Junto a ella se han adherido los timbres, contadores y alarmas que los tiempos actuales imponen. Parece que se ha construido para preservar la puerta de la luna tal como era, para que los nuevos pies no desgasten el rastro de otras épocas en las que el tiempo tenía otro ritmo, sin agobios ni ansias de objetivos inmediatos.
Hay un color manchado de blancos, grises y negros que uniforman todo lo construido por el hombre, en contraste con esa vegetación que se nos echa encima, por tapias y tejados.
Da la impresión de que estas puertas están en permanente alerta para frenar el acoso de esa mancha verde, de esos cañaverales imparables, de la humedad que todo lo corroe.
Lo edificado por el hombre se hunde en la vegetación imparable; así nuestra vida en el tiempo que nos persigue con la seguridad de atraparnos.
Como dice Cabrera, hay días en los que cuesta comprender a los líquenes.


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