ENIGMAS. EL ZARPAZO DE LOS RECUERDOS.

EL ZARPAZO DE LOS RECUERDOS




Los recuerdos, normalmente, sustentan la vida que vivimos en el presente.


Somos, al menos yo lo soy, la suma de pedazos de nuestro pasado, lo que se ha quedado agazapado en el interior interior de nuestras vivencias, voluntariamente oculto en el pliegue de nuestra piel, escondido, alerta ante lo que pueda suceder en el futuro.


Supongo que si uno guarda, en su armario más privado, cajas y carpetas de buenos recuerdos, cuando la vida te va despojando de vivencia y compañías, esos retazos de lo vivido te ayudan a sostener los amaneceres y a lavar los velos oscuros que nos cubren al anochecer. 


Creo que algo de eso me lleva pasando toda mi vida, con el matiz de que, conforme va pasando el tiempo, los recuerdos ocupan más tiempo y espacio que las vivencias, pero no me lamento.


Hago inventario removiendo esos baúles y abriendo las cajas, aireando con esfuerzo los recuerdos más pesados, pasando por agua algunos de ellos para quitarles impurezas y manchas difíciles de limpiar. Entre los que pesan, rotundos, en la parte oscura y obligada de mi pasado, me encuentro con algunos -no nombraré todos-que no me ayudan a afrontar el día con buen talante.


Hago mi lista de desamparos y la pienso..


El dolor ocasionado por las pérdidas más señaladas: la de mi padre, con el desgarro de años de dolor y sufrimiento sin sentido, con tiempos de distancia, de incomprensión, con otros de ternura que no supimos vivir; el de mi madre, sola en su retiro, con su carácter dulcificado a base de vivir años y afectos, herida sin dolor por la volatilidad de su mente; la de mi hermano, del que tanto aprendi en afectos de los que no tienen precio, de cuya sombra y protección no puedo ni quiero librarme; la de mi hermana, a la que sorprendió la vida por todos los costados, de la que guardo alguna dedicatoria en un libro al que siempre vuelvo; la de mis sobrinos, de diferentes edades y con muy diversa suerte; la de amigos queridos que la vida llevó por senderos que algunos considerarán equivocados.


La ruptura de alguna amistad tras un viaje preparado con ilusión y lleno de fracasos. Pasado el tiempo, pienso que aquella amistad no debía ser tanto, al menos tal como hoy la entiendo, o tal vez nuestra juventud no nos daba armas para resolver lo poco que pasaba.


Todos los dolores, los físicos, que no han sido muchos -he sido afortunado-; los del corazón que me he empeñado en silenciarlos; los de las traiciones que he intentado perdonar y que no sé si lo he conseguido.


La amenaza insidiosa de mis propias incapacidades y mis carencias que, como supongo hacemos todos, he intentado bloquear, superarlas y aceptarlas y que, probablemente, nunca he conseguido dejar atrás de manera definitiva.


Los intentos de amar no correspondidos que atraviesan mi vida, como la de todos, aceptemos o no que se producen y que también los causamos.


Los fracasos en decisiones profesionales. Creo que no son importantes para la vida vista con gran angular, pero es inevitables que los sintamos como tales. Es impresionante, a la hora de hacer balance, la cantidad de tiempo que invertimos en lo que debería ser menos importante. ¡Qué poco renunciamos a la vanidad!


Mis rechazos al amor que me brindaban y el dolor que he podido ocasionar con ello. Me consuela que no han debido ser muchos y que lo hecho puede haber sido una mejor decisión que la de alimentar vanas esperanzas.


Las búsquedas que acabaron en el desierto de la nada, cansado de toparme con el muro infranqueable de mi ceguera o mi torpeza.


El dolor del reconocimiento.



Para compensar los recuerdos adversos, hay un largo listado de otros brillantes, los rescates. A estas alturas, tengo que confesar que soy un hombre de suerte.


Vamos con ellos. Estos no necesitan valor para contarlos.


Un recuerdo puede ser una experiencia fugaz, un encuentro inesperado, vivido con la ilusión de la primera vez, con el asombro con que se vive aquello que no creías merecer. Puede durar o no, pero lo vivido y lo sentido han abierto una herida que no queremos que cicatrice y que se convierte en reclamo para recordar. Es igual que la experiencia sea superada por otras posteriores. Aquella ha hecho su nido en tu memoria. Tiene el componente de la fugacidad que siempre ayuda para sentir la belleza.


Acompañarte del amor con la seguridad de que solamente cabe una afirmación: existe y está a nuestro lado. Yo lo he sentido y lo siento. Es cierto que nada es perfecto, pero la parte de imperfección que tenga es más una consecuencia de mi propia inestabilidad, intransferible, que de aquello que se me ha dado, que siempre es más de lo que seguramente merezco. Para mí, afortunadamente, no es solamente un recuerdo, es parte del presente.


Otro recuerdo puede ser un amanecer en soledad, el saludo del alba en un momento de incertidumbre, abriendo una puerta para salir de nuevo a la vida. Un momento que ves pasar en la distancia, pero sintiéndote parte de lo que acontece. He vivido muchos momentos contemplando la quietud y la grandeza del alba, sin necesitar nada a mi lado, sabiendo que esos instantes estaban llenos de paz y, por fortuna, siguen estándolo.


Pasar de la oscuridad de la noche a la grisura de los primeros rayos de sol y al esplendor del alba es una invitación a abrazar la vida.


La dedicatoria de un libro, esa que te sorprendió no solamente por su contenido sino también porque venía de la persona inesperada y, no esperándola, resultó ser una herida por la que seguir respirando.


El recuerdo de una noche llena de estrellas, en la bahía de Halong o un atardecer pespunteado de cipreses en la Toscana.


El sabor y el calor de un plato de cuchara después de una etapa llena de lluvias y frío en un largo camino a pie. No solamente calentaba mi cuerpo, equilibraba la realidad que me rodeaba.


El detalle inolvidable de un ser querido que desvela lo que existe aunque aparentemente esté oculto. El gesto escondido en un rostro. En ocasiones muere antes de desvelarse. En otros momentos se revela como una certeza que abrasa.


La fuerza imparable de la naturaleza, la imposibilidad de dominarla, de entenderla. Una grandeza que envidio y que, en su silencio, me acompaña durante toda la vida.


Un marcapáginas rescatado del pasado, con un dibujo y un mensaje que desbordan ternura y adoración y, al cabo de los años, se convierte en algo más valioso que un cheque garantizado por el Banco de España. Aquel te hace desbordarte en lágrimas de felicidad, el segundo te deja frío como una fachada de cemento gris.


La sensación de estupor y equilibrio o desequilibrio en el momento del nacimiento de un hijo. La duda sobre si lo merecías o no, sobre si ibas a ser capaz de no repetir errores de los que habías sido víctima, de si ibas a saber dar amor y libertad.


El recuerdo de un sueño perseguido y alcanzado, la satisfacción de que cerraba un círculo y daba un paso adelante, consciente del conocimiento y el paso dado. La seguridad que todos necesitamos.


Una mano que descansa en tu brazo, un abrazo inesperado o una mirada bien o mal interpretada. ¡Qué más da!


Un mensaje inesperado que te llega a la hora más precisa de un día señalado en tu vida y que te trae palabras de Pessoa para sanar heridas que sangran como torrentes.


Un atardecer en Bagan sentado sobre los escalones de un templo, calentados por el sol implacable, contemplando el astro del que nos alejábamos y respirando con los reflejos del rio Irawadi, con las velas de las barcas de los pescadores hechas de retales que componen una sinfonía.


Las risas, mientras comíamos una papaya madura, en los jardines de nuestro hotel en Siem Riep, a las orillas del Mekong, la víspera de sumergirnos en la magia antigua y oscura de los templos de Angkor Bat.


Las luces de Adelaida, vistas desde el observatorio, tambaleándome por el efecto del vino ingerido en la cena con unos casi desconocidos con los que hablé de la vida y la amistad a calzón quitado y en un inglés que no dominaba.


La emoción sentida al llegar el final de un camino, o el descanso tras la llegada de cada etapa y los ritos de sanación, celebrando con humildad el pequeño logro, la capacidad de poder seguir andando.


El brillo de unos ojos que te miran con una intensidad que te da miedo reconocer o la simulación de otros ojos que te esquivan cuando lo que quieren hacer es raptarte.


La paz, sobre todo la paz interior y el equilibrio, siempre inestable, pero siempre perfecto porque es lo posible, no lo deseado.


Mis recuerdos adversos han sido mi desamparo, pero los más numerosos, los que recuerdo con mayor deleite, han sido y son mi rescate.



Amillano, agosto de 2026

Isidoro Parra.


 

Comentarios

  1. tus palabras hacen sentir!gracias por compartirlas

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  2. Gracias por tus palabras. Si uno hace sentir algo con lo que escribe ya es suficiente.

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  3. Precioso texto.Sensible y poetico.Profundo y ameno.Un deleite para el espíritu.

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  4. Gracias por tus comentarios. Hacer sentir compensa todo.

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