ENIGMAS. LA BOCA VERDE.

LA BOCA VERDE 





La felicidad del hallazgo juega a las escondidas con el desastre de las pérdidas. No siempre gana, pero es libre de escoger su mejor refugio.

Mario Satz: La Vanesa Atalanta y la ortiga (El alfabeto alado)


Acuarela: José Zamarbide.


Pingyao nos sigue atrapando en este 2010.


Todo huele a viejo en esta imagen, la pared de ladrillos grises, unos enteros y otros rotos, en trance de desaparecer; el suelo húmedo, con el polvo acumulado de muchos años y muchos vientos.


Hasta el arco que corona la puerta parece inacabado, apenas se sostiene en los bordes de los ladrillos que acompañan al marco de esta reliquia.


Demasiado alta y demasiado estrecha. Parece obvio que esta puerta no pertenecía a una casa noble o, al menos, no era por ella por la que entraban los caballos y los carruajes, ni tampoco parece que fuera la puerta por la que entrasen las delicadas damas cubiertas de sedas y protegidas por paraguas de papel.


Tampoco parece que las formas que refleja la madera antigua, gris y gastada, hayan sido trabajadas para atraer miradas ni para exhibir signos de relevancia alguna.


Hoy, vista de frente, si mi mirada solo viese esa forma y esa madera confundida con el ladrillo, sería una puerta para pasar desapercibida, fundida en el tiempo que todo lo vuelve gris y anodino, pero alguien, en algún momento y, seguramente, con algún sentido práctico, reparó esa puerta con esa hoja verde, una hoja y un color de otros tiempos.


Esa puerta que más parece una boca abierta, reparada por un capricho o una necesidad de frenar la devastadora agresión del tiempo, es como un farol de luz tenue y persistente que llama mi atención, es el contrapunto y la ruptura con la pesadez de los días recurrentes.


Es cierto que también parece cansada, gastada, hasta el punto de que el gris de la madera original quiere salir del fondo para ocupar mayor espacio en la superficie, pero el verde es tan fuerte, tan acertado para la ocasión, que le permite a la puerta tener su voz, hacer presente su existencia y la de la casa.


No sé lo que guarda tras ella, pero ese verde le ha quitado la dureza y el peso del enigma, la ha hecho más accesible, más humana.


Píngyao no va a dejar de sorprenderme con sus puertas, todas diferentes y todas bellas: son como un río caudaloso que arrastra tesoros entre sus aguas, símbolos que me hacen preguntas, desafiándome a buscar respuestas que no existen.


Por eso, esta puerta sencilla, que me llama con esa boca verde que respira y hace respirar a toda la casa, es una llamada de esperanza, un grito contra cualquier mordaza.


Mis ojos se cierran, pero agradecen esa voz que suavemente despierta las ganas de existir: en mis labios se dibuja una sonrisa.


Tiene razón Mario Satz: la felicidad que producen algunos hallazgos juega a escondidas con el desastre de las pérdidas y escoge su mejor refugio. 

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