ENIGMAS. EL ADOBE Y LA VIDA.
EL ADOBE Y LA VIDA
Defenderé la casa de mi padre.
Gabriel Aresti: Harri eta herri.
Acuarela: José Zamarbide.
Demasiado pequeña para ser una casa habitada, demasiado grande para ser una cabaña de campo, esas en las se guardan útiles y se refugia uno de la lluvia y del sol, demasiados detalles para ser humilde y demasiado viva para estar abandonada.
Vamos caminando por los alrededores de Yantsuo, en este año de 2010, en busca del inicio del camino que, escalera a escalera, nos llevará a la cumbre de la montaña de La Luna, una cima muy visitada de esta zona de montañas cársticas, cuya cúspide esta coronada por un arco natural de piedra que se proyecta sobre el misterioso paisaje de ríos y picos afilados.
En ese camino, entre estanques y arrozales, pasamos por un grupo de pequeñas casas que llaman mi atención.
El color amable del adobe que proyecta la fachada habla de viejos usos, de antiguos materiales que, en este caso, han levantado, ladrillo a ladrillo y perfectamente alineados, unos muros sólidos que esas trabajadas troneras, insinuantes como un suspiro o una oración, han hecho más amables.
El tejado y sus tejas, oscuras, pero no negras, ponen la boina precisa sobre estos muros y esta puerta.
En el camino de acceso, hierbas pisadas por el ganado y vulgares vasijas de plástico ponen el punto discordante de color. La leña apilada, las cañas dispuestas para barear frutos o deslizar las pequeñas canoas por el estanque cercano son testimonio de actividad, de vida.
Y en el centro, esa puerta de madera oscura, sencilla, de una sola hoja, con esos botones de distinción en su cabeza, ni tan valiosa como para no poder soportar el pegado de pequeños anuncios, ni tan confiada como para dejar el paso franco, ni tan atrevida como para llamar la atención: solamente ese palo largo, delicado que la cruza de jamba a jamba, sujeto con ese candado también sencillo.
No sé muy bien por qué, pero la imagen me transmite armonía y alegría serenas, un espacio cuidado año a año por unas manos que no piensan abandonarla, manos que al final de sus días van a querer cobijarse en esa pared, atrapando el calor que despide el adobe, mientras repasa una vida bien vivida, en coherencia con el entorno y con pasiones sencillas: apenas la pasión de seguir viviendo.
Me abstraigo de las personas que me acompañan y recito mi petición como si fuera una oración: “Soplad vientos, barred las paredes con el agua de miles de nubes, calentad esas paredes con los rayos de soles conocidos y desconocidos, traed cosechas abundantes y otras más escasas, dejad que el tiempo pase despacio, que sea amable pero, sobre todo, defended esta casa que espera el reposo del que, seguramente, mucho la ha amado”.
Si yo fuera hijo del que la ha soñado tantos años, gritaría sin rubor las palabras de Aresti: “¡Defenderé la casa de mi padre!”.


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